Nabaizaleok / Iritzia

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México en nuestra atención

Lolita Bosch en Nuestra aparente rendición

Hay más violencias. Menos obvias pero omnipresentes
Diego Osorno.

Hace apenas un año, aunque este haya sido un tiempo que ha pasado lento y ha avanzado casi como remolque, abrí el blog Nuestra aparente rendición (NAR). Cinco días antes habían sido hallados en Tamaulipas los cuerpos maniatados y asesinados con un tiro en la frente de 72 migrantes, y yo quise, tuve la oportunidad y necesité, reaccionar de algún modo. No soportaba más que mi perplejidad ante la violencia me mantuviera paralizada y absorta, y pensé que era momento de aprovechar el hecho de estar fuera del país para tratar de pensarlo todo con cierta distancia, de aprovechar el hecho de pertenecer a un colectivo de gente con acceso a la voz pública y de sentir la responsabilidad y la capacidad social, moral y emocional de usarla.

El filósofo Theodor W. Adorno había escrito en 1969: “La exigencia de que Auschwitz [léase: el horror] no se repita es la primera de todas en la educación. Hasta tal punto precede a cualquier otra que no creo deber ni poder fundamentarla. (…) Fundamentar­la tendría algo de monstruo­so ante la monstruo­sidad de lo sucedido. Pero el que se haya tomado tan escasa conciencia de esa exigencia, así como de los interrogantes que plantea, muestra que lo monstruoso no ha penetrado lo bastante en los hombres, síntoma de que la posibilidad de repe­tición persiste en lo que atañe al estado de conciencia e inconsciencia de estos[1]”. Y yo creo firmemente en esta afirmación contundente: La exigencia de que el horror no se repita es la primera de todas en la educación. Esa debería ser nuestra lucha.

Y no lo ha sido.

En México, yo, así como muchos de los lectores de NAR, somos unos privilegiados por el hecho de haber tenido acceso a la educación, a la información, a la nutrición y a la sanidad. Sabemos leer y sabemos indignarnos. E incluso sabemos reaccionar en contra. Pero esto no puede confundirnos porque todos nosotros sabemos que el nuestro no es un país con derechos iguales para todos y que lo que hoy vivimos no es del todo inesperado, sino la reacción histórica a años de racismo, desigualdad, xenofobia, pobreza, machismo, corrupción y un clasismo tan apabullante que casi nos parece natural. Hemos arrinconado a la mitad de nuestros conciudadanos durante años, siglos. Y la pobreza ha sumido a millones de familias mexicanas a un presente sin opciones. Y frente a eso, en muchos casos: sólo existe la posibilidad de cruzar al otro lado o trabajar para el narco. Ganar dinero, mantener a una familia, salir adelante. Y si bien la pobreza, aunque resulte a veces incomprensible, no exime de la ley y no todo lo que vemos en estos tiempos es su consecuencia directa –porque como bien dice Alma Guillermoprieto: México está hoy lleno de tribus de psicópatas que campan a sus anchas por el país–, el nuestro es un país con cientos de miles de gentes desesperadas, adictas y/o rendidas. Personas sin derechos, con graves enfermedades mentales, carencias emocionales, una ignorancia aplastante y sin solución posible a menos que la sociedad civil se implique, con seriedad, en lo que (nos) está sucediendo. A menudo dejamos a las víctimas  solas. Y a los victimarios, de algún modo extraño, también. Porque miles de  presos en México no tienen derecho a un juicio justo y porque en México no existen programas serios de rehabilitación física ni social en las cárceles ni fuera de ellas.
La reinserción, hoy, es una fantasía.
Y aunque nos cueste verlo de este modo y sigamos responsabilizando de todo lo que ocurre a los criminales (y también, lamentablemente, a las víctimas), miles de personas se han visto obligados a rendirse: muchos de ellos amenazados a trabajar para el narco, con una necesidad económica urgentísima, adictos, acorralados y olvidados por nosotros: sus paisanos. Lo hemos visto en este portal, donde hemos tenido la oportunidad de leerlos, de saber cómo han llegado hasta el día de hoy. Y hemos querido mantener y defender que todos ellos, víctimas y también victimarios, tienen derecho a un juicio justo, a una condena justa y a ser escuchados. Porque en muchos casos los criminales son también, aunque nos cueste comprenderlo, víctimas. La avaricia de la clase política mexicana ha opacado su derecho a ser ciudadanos con plenos derechos y durante años ha utilizado las carencias del pueblo para manipularlo.
Pero lo que hoy nos ocurre, es inmenso.
Y no podemos seguir esperando que el gobierno reaccione (si acaso todavía sabe hacerlo, si acaso todavía tenga capacidad) y lo detenga. Sino que debemos tomar conciencia de que formamos parte de una sociedad que incluye a gentes distintas a nosotros y con otras oportunidades, que debemos aprender a escuchar (y perdonarnos) y que esta responsabilidad, muchos de nosotros, tenemos la capacidad de asumirla y de ser consecuentes con lo que creemos, con lo que amamos.
Es por todo esto que cuando leí sobre el macabro descubrimiento de los 72 cuerpos de Tamaulipas, que para muchos de nosotros fue un banderolazo de salida, pensé qué era lo que yo quería hacer: Crear un espacio en el que, como si fuera un milagro en medio de esta vorágine, este miedo y esta incredulidad, pudiéramos hablar, donde nos diéramos el tiempo para escucharnos. Aprender a pensar qué nos estaba ocurriendo, cómo habíamos llegado hasta aquí, qué podíamos hacer. Donde estábamos. Quiénes éramos.
Porque México nos estaba doliendo a todos. Casi me atrevería a decir que sin excepción.
Y nos dolía de un modo tan íntimo y tan esencial, que nos ha costado y nos sigue costando contarlo, asumirlo, hablarlo e incluso creerlo. No estábamos preparados para una debacle como ésta en la que vivimos sumidos desde que la contienda electoral de 2006 partió un país, que ya arrastraba una herencia política terrible, bruscamente en dos y muchos quisieron posicionarse con modelos absolutos y totalitarios. No estábamos preparados para el terrible incremento de la violencia en 2008. No estábamos preparados para ser la reacción de nuestra historia de impunidad y corrupción políticas. Y no supimos prever las consecuencias –en muchos aspectos irreversibles– de tanto resquemor y tantísima avaricia. La nueva y débil democracia mexicana ni nos ayudó ni nos animó a asumir nuestra responsabilidad civil, y tampoco nos hizo sentir ciudadanos y ciudadanas con pleno derecho para construir un país nuevo. Después del PRI no se modificaron los métodos represivos y corruptos de las autoridades, y no se convirtió en prioridad nacional el combate a la pobreza, la desigualdad y la injusticia. Ni tampoco el acceso a la educación, la nutrición y la salud. Porque muchos de nosotros, casi de modo inconsciente, sabíamos habitar un país así. Habíamos crecido encima de este patrón desigual y seguíamos asumiéndolo, prácticamente, como un rasgo de nuestro carácter nacional. O continental, dirían algunos. En definitiva: sin remedio.
Pero esto no es así.
Porque no es cierto que hayamos perdido. Sino que estamos apenas comenzando a luchar.
Hemos contado casi 50mil muertos y más de 10mil desaparecidos en 5 años. Hay pueblos enteros abandonados, miles de huérfanos, cientos de miles de víctimas y millones de personas (léanlo bien: millones de personas) que pasan miedo a diario. Y aun así no hemos perdido. No nos han arrinconado a ser, únicamente, el tristísimo torso de la mujer que cuelga de un puente de Tamaulipas, las víctimas inverosímiles de la pederastia, los cuerpos de los migrantes amontonados en las fosas comunes, las personas atrapadas por el fuego en el Casino Royale de Monterrey, los hombres y mujeres caídos en las balaceras ni nuestros amigos y familiares asesinados. Ni siquiera nuestros amigos y familiares asesinados. Sino que somos más, mucho más y tenemos una capacidad infinita para reinventarnos. Es por eso que debemos asumir ese poder, utilizarlo y reconstruir nuestro país íntimamente herido.
Y si todavía somos capaces de plantearnos un cambio como éste es, únicamente, porque no estamos solos.
En la primera de las marchas convocadas tras el asesinato del hijo de Javier Sicilia, la del 6 de abril de 2011, una joven de Morelos sujetaba una pancarta entre las manos donde podía leerse: “Ustedes los llaman daños colaterales, nosotros los llamábamos amigos”. Y éste, a mi parecer, es el cambio de perspectiva esencial y necesario que debemos hacer hoy como ciudadanos y ciudadanas. Un cambio que, de hecho, ya estamos haciendo. Y para el que cientos, miles de personas ya estaban trabajando desde hacía muchos años. Aunque nunca, como hoy, hubiéramos sido conscientes del inestable país que hemos venido construyendo.
Así que harta de la violencia pero también harta de la apatía y de la respuesta inmediata de “es increíble que nadie haga nada” (que niego, por convicción, de forma rotunda), yo, como muchísmos otros ciudadanos, quise hacer algo. Sumarme a esta corriente de esfuerzo común que comenzaba a mover, de algún modo que a veces parece inútil pero que es fundamental, el país. Porque estoy convencida que México necesita hoy del voluntariado y que sólo la sociedad civil tiene el poder para lograr una reacción, política e internacional, que nos ayude a mitigar lo que estamos viviendo.
Y fue entonces que abrí el blog, le pedí una ilustración al generosísimo ilustrador Alejandro Magallanes y mandé una carta a varios amigos que se puede sintetizar con el primero de sus párrafos:

a raíz de los últimos acontecimientos, pero también como respuesta a meses, años de desgaste, los artistas, pensadores, lectores, escritores, profesores, estudiantes, críticos y demás ciudadanos interesados, mexicanos de nacimiento o de corazón, debemos comenzar a criticar, protestar, imaginar y proponer, de una manera activa y sistemática. Creemos que nos urge inventar recursos para ser quienes somos y no quienes nos están acorralando a ser. Tratando de superar, nosotros también, nuestra aparente rendición ante lo que nos sucede

Las tres primeras colaboraciones, en este orden, fueron de Rudy García, Mario Bellatin y Yuri Herrera. Y dos semanas después, el 12 de septiembre de 2010, tras pensar cómo abordar algo qué consideraba urgente, abrí un segundo proyecto que resultó el paralelo imprescindible de NAR: Menos días aquí.
Nuestra dársena, diría Maples Arce.
En los días anteriores a la creación del blog, algunos amigos mexicanos y también extranjeros quisieron desanimarme diciendo que México no era un país de voluntarios, que estar fuera me desautorizaba para entenderlo o que yo no podía comprender que el nuestro (y algunos cuando decían nuestro, me excluían a mí) era un continente así. Durante una charla televisada, un escritor colombiano incluso llegó a callarme cuando yo decía que la violencia generada por el narco era un problema ético y social, diciéndome: “Tú no tienes autoridad para hablar de esto porque no naciste en América. No entiendes que los latinoamericanos somos así”. A lo que yo le respondí que si eso fuera cierto él no podía hablar de las torturas de la Segunda Guerra Mundial porque no la vivió ni del código de honor de la Edad Media porque tampoco estuvo ahí. Y luego continué charlando con el resto de invitados a la mesa, entre quienes estaba Élmer Mendoza, para terminar con lo que estaba tratando de decir: Que no es cierto que seamos así. Que nuestro mundo no es un duelo de cowboys. Que tenemos derecho a vivir en paz. Que estamos literalmente rodeados de millones de personas que necesitan nuestra ayuda pero que también estamos rodeados de muchísimas personas con la empatía, la capacidad y la fuerza necesarias para construir un México mejor. Que debemos aprender a confiar en todas las personas que merecen nuestra confianza. Que debemos sentirnos capaces de hacer algo. Que nuestros hijos, nuestros sobrinos y los hijos de nuestros amigos no tienen por qué crecer en un país como éste que habitamos hoy. Que estamos hartos.
Es por eso que nunca dudé de mi no derecho a crear un espacio en el que conversar y decidí definir el objetivo principal de NAR con una sola frase: “Queremos generar paz y diálogo, por eso estamos aquí”, tal y como puede leerse en la entrada del portal. Donde se advierte también: “Borramos comentarios ofensivos”, porque es honesta nuestra intención de colaborar pacíficamente en la recuperación y reconstrucción de un México mejor.

2

Cuando la carta original que yo había mandado a algunos amigos alcanzó 579 firmas, dejé de pedir a los lectores del blog que la suscribieran porque entendí que la suma de nombres sólo había sido una forma de convocatoria pero que no era en absoluto una finalidad. Además, la respuesta había sido muy generosa, y yo no sabía bien qué hacer con todo el apoyo que me estaba llegando, las voces amigas que me ofrecían su ayuda y los desconocidos que, desde entonces y hasta hoy, me han escrito contándome historias terribles y también historias esperanzadoras. Anécdotas íntimas, mensajes privados, peticiones de socorro y agradecimientos. Mensajes de ánimo, de esperanza.
Debo reconocer que no me la esperaba, que siempre pensé que todo sería más pequeño. Pero apenas cuatro meses después de haberlo iniciado, en diciembre de 2010, el blog había superado las 30mil visitas (hoy, entre todos nuestros proyectos hemos superado las 200mil) y yo me sentí repentinamente apabullada por la respuesta masiva que desde mi perspectiva se estaba gestando, pero también por descubrir nuestra oculta necesidad de diálogo, de pensar en comunidad, de debatir. Así que a finales de 2010 pasaba horas y horas leyendo lo que me mandaban los lectores del blog, editando, pensando en fórmulas para que todo aquello funcionara, buscando autores y textos nuevos, difundiendo nuestro trabajo entre miembros de proyectos culturales y sociales que me interesaban, rastreando esfuerzos comunes por la paz en otros lugares del mundo… y apenas tenía tiempo para nada más. Trabajar contra la violencia es agotador porque nunca sientes que estás haciendo suficiente. Y porque visto de cerca, diariamente, México se ha convertido en un paisaje tristísimo.
Y es algo con lo que es muy difícil, íntimamente, lidiar.
Así que llegué a pensar que NAR era demasiada responsabilidad, que no sabría hacerlo, que no entendí en lo que me estaba metiendo cuando empecé, que mi vida estaba cambiando de un modo demasiado brusco, que los métodos para fomentar la paz podían polarizar el país como lo habían polarizado las elecciones de 2006 y nuestra reacción ante la violencia a partir de 2008, que yo no quería volver a discutir con mis amigos. A sentirme involuntariamente alejada de gente a la que quiero. Así que pedí consejo a personas que habían generado otras propuestas y posturas críticas, personas que habían atravesado estas mismas dudas, este mismo miedo. Y fue la académica Rossana Reguillo –probablemente sin saberlo– quien me dio el empujón que me faltaba, cuando me dijo que entendía la tristeza y la impotencia pero que no tenía derecho a dejarlo. Que ya no era una opción. Porque lo cierto es que estuve, literalmente, a punto de rendirme. Fueron unos meses muy difíciles en los que presencié absorta, igual que les estaba sucediendo a cientos de miles de personas, la descomposición paulatina de nuestra fragilidad –que creíamos que todavía estaba a salvo–, leyendo testimonios escalofriantes y recibiendo cartas de desconocidos que me pedían ayuda sin que yo pudiera hacer nada por ayudarlos (“El texto que te mando es sobre el asesinato de mi esposa, avísame cuando lo publiques para salir de la ciudad. ¿O tú qué crees que es lo más conveniente? / “Soy maestra de un kinder y hoy entraron a llevarse a dos niñitos para matarlos aquí afuera, tengo miedo. ¿A quién puedo recurrir?”). México, casa, se convirtió de pronto en un pantano de cosas pendientes que no sabía cómo empezar a ordenar. A pesar de recordarme, constantemente, que sólo podía colaborar en el proceso por la paz desde mi espacio pequeño, me parecía que todo ya se había convertido en demasiado y que no sería capaz de manejarlo.
Sola, no.
Y entonces mataron a un amigo de una forma brutal y yo traté de imaginar su final y no supe. Ésta es nuestra incredulidad, pensé. Y lo más terrible de todo es que no sabemos reaccionar: tenemos miedo, no queremos creerlo, pensamos que a nosotros no nos va a tocar. No a los nuestros. Como dice el escritor ecuatoriano Eduardo Varas repetíamos ritualmente el mantra “Si no hago nada, no me pasará nada” para sentirnos a resguardo. Y seguíamos (seguimos) diciendo que no matan mujeres, que es entre ellos, que apenas y una bala perdida alcanzó algún niño en la frontera, que el norte siempre ha sido revoltoso, que hay muchas formas de mantenerse a salvo. Pero como también nos advierte Eduardo Varas:

El ser humano más que malo es adaptable y si pasa sus días sin cuestionar sus creencias o sus actuaciones, justificándolas por su entorno, la adaptación será un proceso trunco. El ser humano trunco es aquel que se pierde, que no tiene horizonte, que no puede ver más allá[2].

Es por eso que tras la muerte brutal de mi amigo, y frente al dolor, me irritó la apatía y pedí ayuda. Mi relación con la violencia había cambiado, a pesar de haberla vista en otras ocasiones. Había vivido yo misma y había visto infringir estados de miedo y acorralamiento en amigos y familiares, pero cuando traté de imaginar a mi amigo muriendo: no pude. Y eso, misteriosamente, lo cambió todo.
La primera persona que se ofreció a colaborar con el proyecto de una manera incondicional y apasionada fue Alicia González, quien hace 12 años fue mi alumna en la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México. “¿Lolita, cómo hago para ayudarte?”, me preguntó en un correo electrónico. Así de simple. Y tras ser ella misma contadora, se involucró con NAR casi a tiempo completo. Tanto, que para mi alivio se hace cargo de Menos días aquí desde diciembre de 2010. Coordina los grupos de voluntarios que durante una semana se comprometen a contar a nuestros muertos. Porque “nuestra tarea”, explica Alicia, “es hacer lo que las autoridades no hacen, en el sentido más humano. Ponemos nombres, buscamos detalles. Ya no queremos que sigan siendo cuerpos. Queremos saber quiénes mueren, en qué condiciones, por qué razones. Queremos que la gente no pierda la sensibilidad humana.” Y es desde esta perspectiva que tratamos de recordar a las víctimas, decir quiénes fueron, guardar sus nombres o alguna seña que los identifique para recordarnos a todos que sí estamos muriendo a diario, y para que sus familiares (que nos escriben desde todos los lugares de la República y también desde afuera) puedan encontrarlos.
Desde el inicio han colaborado en el conteo 46 personas[3] y hasta día de hoy (28 de agosto de 2011) hemos contado 14959 muertos en 50 semanas. En su mayoría los contadores han sido estudiantes o cronistas, que se han visto obligados a mirar de cerca una realidad que ha modificado su manera de humanizar la violencia y los ha llevado a escribir, cada noche durante una semana, entradas como éstas:

Acapulco, Guerrero. 18 de agosto. Hombres armados balacearon un sitio de taxis ubicado afuera del mercado de la colonia 20 de Noviembre, y en el ataque resultaron cuatro personas muertas y dos heridas. Los familiares de los muertos se negaron a proporcionar los nombres de las víctimas.

Chihuahua, 26 de febrero. Yudith Vargas Peralta, de 20 años, es encontrado sin vida y con un impacto de arma de fuego en la cabeza, en Bahuichivo. Autoridades señalan que el joven fue secuestrado junto con su hermano mayor el 24 de febrero por un grupo de siete hombres encapuchados.

Santiago Jamiltepec, Oaxaca, 29 de octubre. Dos niños, Jesús Jorcaef y Oldemar Amadeo, ambos de apellidos Carmona Vázquez de 5 y 8 años, murieron ejecutados cuando su familia regresaba a casa. Jesús y Oldemar iban acompañados de sus padres y su hermano de 1 año a bordo un vehículo Volkswagen Crossfox de color negro y sin placas de circulación, cuando una camioneta Voyager les dio alcance y 5 sicarios tiraron a matar. En medio de la lluvia de balas, su padre salió de la unidad y corrió entre la maleza, de la misma manera su madre tomó entre sus brazos a su hijo más pequeño, logrando escapar y resultando únicamente con heridas leves; sin embargo, esa suerte no la corrieron los otros dos pequeños que fueron alcanzados por las balas.

Los nombres o las señas de nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros compatriotas. Indignamente expuestos en su momento final, brutalmente torturados e impunemente olvidados por nuestras autoridades. Olvidados ellos, olvidado su contexto y olvidados también sus familiares, sus amigos, nosotros: Espectadores atónitos frente a torturas increíbles que varían en sus métodos, que se aplican de modo distinto en cada estado (¿en cada cártel?) y que se precipitan hacia una crueldad cada vez más inimaginable. De modo que a todos los contadores de Menos Días Aquí quiero agradecerles la confianza, el rigor y el respeto con el que se han acercado dolorosa y respetuosamente a las víctimas. A la mayoría no los conozco ni sé quiénes son. Aunque también ha habido amigos míos que se han sumado al conteo y otros que me escriben para decirme que no se atreven a hacerlo.
A Jorge Harmodio, el primero de los contadores, sí lo conocía. Jorge no sólo contó, sino que me ayudó a formatear Menos Días Aquí, a crear una cuenta de twitter donde reportamos diariamente los muertos de los que encontramos datos en México (@menosdias) y a agilizar la manera de reportar los asesinatos. Jorge Harmodio y Haydée Lugo, ambos residentes en el extranjero, son amigos míos desde antes de que yo abriera el blog y desde el inicio han resultado de muchísima ayuda, siempre dispuestos, atentos y listos para tratar de comprender y combatir la violencia. Trabajar por la paz. Sin ellos, muchas veces, la continuidad de NAR hubiera sido muy complicada. Haydée colaboró en la creación de una página con 139 mensajes de mujeres de muchos lugares del mundo para acompañar a las madres de las jóvenes asesinadas en Juárez durante un ayuno que se hizo como protestas en diversas ciudades del norte y durante un tiempo nos ayudó también con el nuevo funcionamiento de los blogs que acoge el portal. Jorge, por su parte, programó un método para encontrar con más facilidad las señas de nuestros muertos (que es sistemáticamente hackeado), pero además promueve en París, junto con otros amigos, un movimiento por la paz cuya acción que consistía en mandar sobres vacíos a los Pinos de parte de todos los muertos que habíamos podido recopilar, fue deslumbrante. A ambos, y a todos los amigos de París, les agradezco, de corazón, su constancia, su amistad y su infinita empatía.

3

Una de las intenciones iniciales del proyecto era convocar a gente que quisiera curar proyectos especiales sobre hechos concretos (las consecuencias de la violencia en la infancia, las enfermedades mentales, la soledad, el trabajo en las prisiones, la atención a las víctimas…), y esta invitación sigue permanentemente abierta. Pero de forma paralela al portal quise también involucrarme con un proyecto virtual que creció de forma paralela, pero hermana: 72migrantes.com. Que mi amiga y brillantísima cronista Alma Guillermoprieto no pudo no hacer. Fue un impulso irrefrenable con el que movió cielo y tierra para crear un altar digno para los 72 sur y centroamericanos asesinados en Tamaulipas el verano de 2010, tras su secuestro, tortura y extorsión (nuestro banderolazo de salida.) Y usando por primera vez el proyecto de NAR como plataforma, hice todo lo que pude para ayudar a convocar escritores que escribieran una hoja de vida de cada uno de los migrantes asesinados[4]. Aquel trabajo, metódico y riguroso, de Alma ayudó a que muchas personas pudieran constatar que los latinoamericanos, donde antes encontraban en México un país hermano, hoy, como dice el cronista salvadoreño Óscar Martínez: encuentran el infierno. Y sin embargo, desde que inicié NAR, se han encontrado tantas fosas comunes en México y hemos visto tantísimos migrantes maltratados que todavía sorprende la entereza y la alegría con la que personas absolutamente necesarias hoy en nuestro país, como las patronas de Veracruz o el Padre Alejandro Solalinde desde Ixtepec, Oaxaca, siguen pensando que la de los migrantes es una situación que puede cambiar. Que debe cambiar.
Y ha sido gracias a la convivencia y el ejemplo de estos seres extraordinarios –y también a la de otras convocatorias como la protesta de los estudiantes contra la militarización en Juárez– que trabajan en pos de bien común y que están convencidos que lo que nos sucede lo podemos cambiar, que siempre he pensado que debemos hacer más. Que sabemos cómo. Y que hay tanto trabajo pendiente, que no es momento de limar asperezas, sino de recurrir a todas las formas de voluntariado posibles. De invitarlos, a todos ustedes, a trabajar con nosotros.
Porque nos hacen falta.
En efecto, la voz común que estábamos creando con el portal, comenzaba a moverse. Pero, igual que me sucedió cuando apenas estaba empezando, pensé que podía de nuevo utilizar aquel acceso a la voz pública y a una comunidad de gente pensante, para hacer más, hacerlo mejor. Y entonces, inesperadamente, llegaron manos. Porque, para mi sorpresa, NAR era ya una casa en donde habitamos muchos de nosotros para tratar de comprender este México inesperado. Y nosotros necesitábamos tanto las lecturas de los demás, como los demás necesitaban comunicarse los unos con los otros. Escucharse.
“Queremos crear paz y diálogo, por eso estamos aquí”: Con esta frase convertimos finalmente el blog en un portal (un paso en el que trabajé junto con mi hermana durante tres meses.) Habíamos alcanzado las cien mil visitas y habían pasado cosas tan inesperadas como recibir invitaciones para hablar con Amnistía Internacional o con la UNESCO. O como recibir también, entre otras que nos parecen mucho más interesantes y productivas –como la que recientemente nos ha extendido la Columbia University de Nueva York–, una invitación de Hillary Clinton, inmediatamente después de la revolución pacífica de Egipto, para hablar desde la Embajada de los Estados Unidos en Ciudad de México, vía videoconferencia, con el Departamento de Estado estadounidense. Invitación, precipitada y a puerta cerrada, que rechacé con esta carta:

Señora Hillary Clinton, Señor John Feely,
Les agradecemos la lectura de esta carta y les hablamos con absoluta sinceridad, tal y como creemos que tenemos derecho a ser escuchados y tal y como esperamos que puedan respondernos:
Nuestra Aparente Rendición es un portal que ha recibido cien mil visitas en cuatro meses y sigue creciendo a una velocidad vertiginosa y esperanzadora. Un portal que se erige como un cementerio virtual en el que dejamos el recuerdo de nuestros compatriotas asesinados y creamos un espacio de diálogo y construcción de paz. Nos estamos convirtiendo en una plataforma única, sólida y estable que permite entrelazar proyectos de toda la República, devolver el derecho a la expresión a todos los mexicanos, coordinar proyectos por la paz, crear foros de debate y construir nuestra esperanza de futuro. Confiamos en la capacidad de todos nosotros para pensar y actuar en consecuencia, en la inteligencia, la curiosidad y la responsabilidad de miles de lectores. Y estamos dispuestos a trabajar en la construcción de un proceso de paz y recuperación del país justo, ecuánime y sustentable.
No estamos vinculados a ninguna institución ni partido político. Sino que estamos, como muchos de nuestros lectores y los millones de mexicanos que no pueden permitirse el acceso a la cultura y la información, acompañando a las víctimas de la violencia, de la pobreza, del femicidio, de la pederastia, de la impunidad y de la corrupción. Somos posibles muertos.
Creemos, muchos de nosotros, que esta debacle social en la que vivimos sumidos, ante la indiferencia internacional y la impunidad nacional, sólo la podrá arreglar la sociedad civil mexicana. Pero necesitamos que el gobierno mexicano, el estadounidense y la comunidad internacional tomen medidas estrictas y urgentes que frenen las ventas de armas, el consumo de droga, el lavado de dinero y la corrupción. Tienen, como tenemos nosotros, la obligación de apoyar las propuestas civiles que luchan por la paz, protegen a las víctimas y combaten la censura. Tienen la obligación de enfrentarse a la pobreza y el abandono que padecen millones de niños y familias mexicanas ante la brutal economía de mercado que las está acorralando y olvidando. Y, por decencia y humanidad, su gobierno y el gobierno mexicano pueden y deben posicionarse del lado de los ciudadanos y no de las corporaciones y los grupos delictivos. Pueden y deben romper las complicidades y la hipocresía y hablar con la ciudadanía con respeto e igualdad. Pueden y deben reconocer que el problema de la violencia y el narcotráfico están íntimamente relacionados con el tráfico de migrantes, la pobreza, la prostitución, el secuestro o la trata de personas, problemas gravísimos y crueles que afectan con una crueldad y una impunidad inimaginables a la sociedad mexicana y que ustedes tienen la capacidad y la obligación de combatir. Por decencia y humanidad, estas son obligaciones que tenemos todos. Ustedes, el gobierno mexicano y la comunidad internacional. Pero también nosotros.
Y eso es exactamente lo que estamos haciendo. Porque estamos tristes, estamos asustados y estamos hartos. Es por eso que vamos a seguir trabajando hasta recuperar nuestro inalienable derecho a vivir en paz. Somos una sociedad civil capaz y organizada que está comenzando a reaccionar ante el impacto que ha supuesto esta ola de violencia para el pueblo mexicano, y a recuperar la fuerza que nos da nuestra seguridad de que somos capaces de convertirnos en un país mejor. Juntos.

Fue la primera vez que publiqué un texto mío en NAR, porque yo, en el portal, no escribo. Ésta fue una decisión inicial que nunca ha variado: soy escritora, ése es mi trabajo cotidiano. Y usar mi voz me parecía de algún modo, tramposo. Podía parecer que el portal era mi portal. Y en realidad no tengo una opinión pública sobre lo que está pasando, no logro entenderlo y necesito a los demás para que me ayuden a asumirlo. Aunque sí es cierto que he tenido la oportunidad de entrar a una parte muy íntima y humana del conflicto gracias a la confianza de cientos de personas que han escrito en NAR o han querido sincerarse, en privado, conmigo. A todos ellos les agradezco la confianza y el tiempo. Y aun así: mi agradecimiento, mi voz, en NAR, no está. Porque llevo siete años trabajando en un libro que trata de contar la historia del narcotráfico mexicano y pensé que sería contraproducente que mi trabajo en NAR se mezclara con ese otro proyecto personal. Supe que acercarme a este mundo tan violento desde dos lugares tan distintos, me confundiría y decidí no sólo mantenerme firme en mi decisión de no publicar mis textos en NAR sino dejar de hablar de mí en las entrevistas que, cada vez más, nos pedían en torno al proyecto. A pesar del agradecimiento que siento cuando los demás muestran interés por lo que estamos haciendo, dentro y fuera del portal, entendí que no debía seguir hablando de mí. Yo no soy una experta en el conflicto que vivimos ni en el narcotráfico, al que hasta que abrí el portal sólo me había acercado de un modo literario. Así que las dos últimas entrevistas se la concedí a Gerardo Lammers para la revista Magis, del Iteso de Guadalajara y a Christian Obregón para Helix, de Barcelona. Y desde entonces, yo salí del spot light porque NAR ya no era mío. Los lectores y los colaboradores se habían apoderado de él y, en efecto, habíamos logrado crear, juntos, una voz común que yo coordino pero que no siempre genero. Y así fue como finalmente entendí de qué manera cumplir mi intención inicial de no estar. No tener algo que decir. No opinar. No creer que soy capaz de pensar sin ayuda esta catástrofe social en la que vivimos sumidos, con un solo tipo de empatía y un solo tipo de lugar. Sino avanzar, convencida de nuestra capacidad para escucharnos los unos a los otros desde todos los ángulos posibles, basándonos en el respeto y el reclamo de nuestro inalienable derecho a vivir en paz.
De volver a México: casa.
Lo resume un comentario que recibimos recientemente en el portal y que en extracto dice que: “Estamos secuestrados, estamos asustados, estamos indignados, pero también estamos juntos porque ahora yo sé lo que te hicieron y me uno a ti para denunciarlo y presionar a las autoridades para que detengan este atropello a la ciudadanía. No estamos solos, somos miles de civiles los que condenamos esta violencia[5].”

4

Fuera de aquella intención de colaborar, dentro de mis posibilidades, a que conversáramos, mi intervención en el portal -más allá de una guía clara en el proceso de selección y edición-, se limita desde entonces a la publicación de las charlas que he sido invitada a dar sobre el proyecto en diversos lugares que yo respeto y cuya invitación nos halagó, como el centro cultural del Palacio de la Moneda o la Casa de Pablo Neruda en Chile, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, el Auditorio de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, el Centro Cultural de España en Montevideo y algunas universidades estadounidenses o la Feria del Libro de Guadalajara. Porque NAR ha rebasado sus fronteras mexicanas y ha querido llegar a los miles de mexicanos que viven fuera del país y también a todos los miles, millones de amigos, que México tiene en el mundo. De modo que mi trabajo ha sido también éste: Tratar de que afuera se hable de los que nos sucede.
Y, finalmente, me he dedicado también –pero aquí ya como una lectora más, porque éste, como dije antes, es un proyecto abierto a todo mundo– a la curación de proyectos especiales: Como El apoyo urgente al CIAM Cancún con el que durante dos meses tratamos de recaudar dinero para el refugio de mujeres que mantiene Lydia Cacho en Yucatán; la página con mensajes de 139 mujeres alrededor del mundo para acompañar a una ayuno en Juárez que hice con la ayuda de Haydée Lugo; o El mapa latinoamericano de nuestro futuro: un proyecto en el que trabajé durante seis meses –y que espero que pronto se convierta en libro–, para el que pedí a más de 50 escritores de toda América Latina que nos contaran de qué modo la violencia había afectado a su intimidad, su entorno o su sociedad[6]. Y ante el que escritores de todo el continente reaccionaron con generosidad y solidaridad enfrentándose ellos mismos, en muchas ocasiones, a recuerdos terribles que preferirían no volver a transitar.
Porque todas estas eran las opciones que nos ofrecía el nuevo portal y que no podíamos realizar en el blog: Ser muchos, que esté todo. Ahor apodemos acoger nuevos proyectos que ya funcionan, tal y como acabamos de incorporar el trabajo de Lucía Melgar y Luciana Ramos Lira: Ni uno más, ni una más, y quisiéramos también abrir un gabinete vía skype de atención a víctimas o un espacio para los niños… Entre muchas otras ideas que creemos que pueden funcionar si encontramos personas dispuestas a trabajar con nosotros. Y esto es algo que va sucediendo, de una manera lenta pero sólida y constante.
Porque el nuevo portal, que diseñé gracias a la ayuda incombustible de mi hermana Irene Bosch y a su paciencia infinita para enseñarnos a todos los miembros de NAR a usar nuevas tecnologías: explosionó aquella intención que había comenzado con la escritura de una carta. Y hoy aquel proyecto inicial que cumple un año es un crisol de propuestas y voces que se unen y se acogen con la única intención de no permitir que nos callen, de no permitir que nos mientan y de crear, juntos, un país mejor.
De nuevo: Volver a México.
Y a esta nueva aventura, que hoy quisiéramos poder terminar y despedirnos de todos ustedes con aplausos y vítores por la paz de México, se sumaron nuevos colaboradores que invité al proyecto.
Con todos ellos tengo una deuda impagable por su confianza en mi trabajo y por su solidaridad.
Con Rossana Reguillo y Diego Osorno no tengo nada más que agradecimiento, agradecimiento y agradecimiento. Sus voces críticas y sagaces resultan imprescindibles para el portal y en lo personal me ayudan, constantemente, a entender hacia dónde debo jalar. Pero hoy es también definitoria la lucidez de colegas inesperados que yo había leído o con quienes me unía una afinidad especial, como Marcela Turati y su Red de periodistas de a pie, Marco Lara Klahr, Cordelia Rizzo, y mis amigos David Colmenares y José Eugenio Sánchez, todos ellos con blogs activos en NAR y cuya sensibilidad es hoy nuestro alimento.
A todos, de verdad: gracias.
Al nuevo portal, finalmente, también se sumaron dos amigos más: Alejandro Vélez y Beatriz Patraca Dibildox, con proyectos que gestionan cada uno a su modo. Alejando es responsable de Propuestas por la paz: una búsqueda de voces en pos de la reconstrucción pacífica del país. Y Beatriz coordina, con la ayuda de Cristina Rentería, el Directorio de asociaciones: un mapa sólido, de lenta y revisada y confiable construcción, que quiere situar la inmensa red de proyectos sociales y solidarios que la violencia ha tejido en toda la República Mexicana. Ellos, así como también otros colaboradores –como el fotógrafo del Diario de Juárez Julio César Aguilar Fuentes, que nos ha ayudado con la recopilación de la prensa; todos los ilustradores que nos donaron su trabajo[7]; y todos los narradores, moneros, fotógrafos, ilustradores, poetas, víctimas, académicos, familiares, etc, que han participado en el portal–, merecen un caluroso aplauso por participar de forma desinteresada y constante por la paz de México. Y en lo personal siento por su trabajo una profunda admiración.
Pero, a pesar de todo, nunca hasta hoy había escrito nada sobre este portal que hemos hecho entre todos, porque a medida que fui entendiendo qué era lo que yo podía aportar a este proyecto común, entendí también que mi trabajo debía seguir siendo de edición y de diálogo: con la lectura y respuesta de correos privados e inesperados como éste que nos llegó desde Ciudad Juárez:

Podría seguir escribiendo toda la tarde pero sé que has de recibir muchas cartas mas así que cortare aquí, solo diciéndote que me encantaría que en alguna ocasión se reconociera el nombre de mi hermano como inocente, o se publicara mi testimonio, porque duele que la “ley” diga que todos estaban involucrados, es deshonroso para mí y para mi familia…

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De modo que NAR tiene pocas pero estrictas leyes: borrar comentarios ofensivos, no publicar sin autorización y que no esté en el portal nadie que no quiera estar en él. Queremos que el nuestro, sea un proyecto común. Y ni siquiera colgamos en nuestro directorio de asociaciones una organización que no quiera aparecer representada. Sino que siempre buscamos, invitamos, leemos todo lo que nos llega a través del portal, e invitamos también a nuestros lectores a dejar sus comentarios y sus testimonios en todos los post y también en dos espacios esenciales que apenas están comenzando a funcionar: Cuéntanos cómo vives el miedo y Hablan los chavos.
Porque en verdad necesitamos y deseamos escucharlos también a todos ustedes, queremos que sugieran, propongan, generen. Queremos que sientan ésta, como su casa. Y queremos conminarlos a participar de este proyecto común. De esta intención común por la paz de México.
E invitarlos, finalmente, a una nueva y esperanzadora aventura que ahora se nos presenta gracias a Random House Mondadori, que nos han invitado a publicar con ellos una recopilación de los textos publicados. Una parte de las regalías la reinvertimos en el portal (que ha sido un pozo económico porque no hemos querido recurrir a ninguna ayuda gubernamental) y otra parte la queremos utilizar para abrir un nuevo proyecto llamado Becas por la paz que nosotros hemos montado pero que coordinarán Marisela Ortiz y los miembros de su increíble Proyecto la esperanza para niños y niñas huérfanos de la frontera. Para esto necesitamos ayuda: personas que quieran colaborar buscando  donaciones, gentes que puedan donar aunque sea poco, instituciones culturales, artistas y ongs que quieran colaborar con este derecho fundamental de la educación.
Y tenemos confianza en que todo saldrá como ha ido saliendo: lenta, pero sólidamente.
De modo que tras esta esperanzadora noticia, nuevamente me retiro, segura de que hoy, un año después, sólo les puedo decir: gracias, gracias, gracias. Y que esto, tras este año lento que ha avanzado a velocidad de remolque, es lo único que sé: en México hay muchísimas personas dispuestas a trabajar por la paz, aunque también hay muchísimas que no saben cómo hacerle, hacia dónde voltear, como actuar. Pero todos los proyectos que están trabajando por la paz necesitan ayuda. Y hay mucha gente a las que nosotros necesitamos para construir un destino común que nos incluya a todos. Porque sobre todo sé, constato a diario, que aquí hoy residen millones de ciudadanos tristes, perplejos, asustados e indignados (léalo de nuevo: millones.) Y no podemos, no debemos y no tenemos derecho, a dejarlos solos (a dejarnos solos.) Lo digo con un profundo respeto y con la honestísima intención de entender todas las formas de reacción ante lo que hoy nos ocurre. Trato de entender la apatía, el miedo, la incredulidad e incluso la burla. Pero, a título personal, en verdad pienso que tenemos una obligación moral y social con todas las personas que no tienen acceso a la palabra. Porque a nosotros, con todo: hoy nos queda la palabra. Dice Blas de Otero, nos lo recuerda constantemente: Nos queda la palabra. Se llevaron el oro, nos dice Neruda, pero nos dejaron la palabra.
Y hoy aquí, ésta es una certeza radical.
El escritor y crítico Rafael Lemus nos dice en un texto que escribe para el primer aniversario de NAR:

Hoy me queda claro que es posible criticar a la vez la ineficacia del gobierno y la barbarie de las bandas criminales –reconocer a un tiempo la responsabilidad del Estado y la culpabilidad de los asesinos que jalan del gatillo. También me queda muy claro que no es inútil esgrimir la palabra, la escritura, contra la violencia. Por el contrario: hay que esgrimirla una y otra vez, hay que discutir y disputar los signos, las representaciones, los discursos vinculados a este conflicto, más aún cuando el Estado y los medios de comunicación masiva han acordado difundir un solo relato sobre el asunto. Apenas si es necesario decir que esto no es una tarea menor ni virtual: al fin y al cabo esos discursos son los que justifican y alientan las prácticas que padecemos[8].

Y yo, como él, como muchísimos de nosotros, creo fervientemente en el poder esencial del lenguaje para cambiar el mundo. Hablar, leer, dialogar, decir, nos acerca los unos a los otros de forma inevitable y nos desvela como seres radicalmente humanos, inevitablemente humanos, esperanzadoramente humanos.
Y esto, hoy, aquí, importa.
Muchos de nosotros sabemos leer y sabemos también que lo que leemos no es cierto. Que la palabra nos miente.
Y aún así sabemos también, de algún modo tal vez menos evidente, que la palabra es a la vez la única flecha que nos queda para derribar el muro artificial con el que nos oprimen, nos asfixian y tratan de aislarnos. Así que inevitablemente y casi sin percatarnos de que eso es el lenguaje: creamos consignas, escribimos grafitis compulsivos y desesperados, y nos contamos de otro modo las historias que leemos. Pensando que éstas tal vez, éstas probablemente, sí sean verdad. Y que si son verdad, es sólo porque nos las estamos contando nosotros.
Con una fe incombustible en lo que somos capaces de decir.
Por eso tengo la esperanza que a pesar del social en el que vive sumido México desde que se desató la tramposamente llamada Guerra contra el Narcotráfico, de algún modo físico, íntimo, casi animal: nosotros seguimos confiando en el lenguaje. Quizás algunos conceptos como empatía, solidaridad, odio o tortura, hayan cambiado sus significados (o el nuestro.) Pero el lenguaje, esa estructura que somos y en la que nos encontramos, permanece intacta de una forma extraña, inesperada y esperanzadora. De hecho: es una de las pocas rocas de las que hoy en México todavía podemos asirnos.
No es magia. Es humanidad.
Y es sin duda nuestra única puerta de salida hacia un país mejor.

A todos, de corazón: gracias.
Y seguimos…


[1] Theodor W. Adorno, Consignas.

[2] El mapa latinoamericano de nuestro futuro.

[3] Los voluntarios han sido (junto a sus nombres, los muertos semanales que reportaron): Jorge Harmodio: 229, Karla Lottini: 231, Alicia González: 281, Alejandro Vélez: 255, Arturo Mendoza: 347, Kenya Bello: 241, Adriana Ortega: 255, Alicia González: 287, Esther Espínola: 185, Rosi Morales: 328, Maura Mortera: 182, Haydée Lugo: 247, Noé Morales: 178, Gabriela Damián: 202, Francisco Benavides: 262, Jesús Adalid Mayorga: 199, Alex Lambarry: 328, Fernanda Melchor: 319, Antígona González: 340, Carlos de la Fe: 252, Daniela Rea: 257, Nadia Nava: 328, Nidia Cuán: 283, Menos Días Aquí: 260, Felipe Huerta Hernández: 192, Florentino Fuentes: 295, Juana Lizbeth: 258, Alma Arcelia Ramírez: 327, Miquel Gaona: 326, Lydiette Carrión: 312, Daniela Reyes: 429, Claudia Castañeda: 468, Velvetina: 226, Menos Días Aquí: 254, Julio César Aguilar: 495, Joaquín Israel: 409, Cristina Rentería Garita: 239, Myriam Vidriales: 232, Anabel Híjar: 374, Claudia Méndez: 307, Diana Minerva: 274, Isabel Vericat: 346, Celia Aguayo: 330, Edurne Uriarte: 402, Menos Días Aquí: 354, Claudia Adita: 338, Patricia Guerrero: 377, Conrado Arranz: 373, Lucía Irabien: 386.

[4] Dice Alma: “72migrantes.com tiene dos destinatarios principales. Uno es la gran comunidad de artistas, intelectuales y creadores  mexicanos que nos sentimos cada vez más impotentes frente a hechos que corresponden a la realidad, pero parecen gestarse en el mundo de las pesadillas. Quisimos abrir un pequeño espacio para su voz. El altar virtual es resultado del esfuerzo conjunto de, entre muchos, decenas de escritores, músicos, fotógrafos, programadores y diseñadores mexicanos.

Los otros destinatarios son los familiares de las víctimas. Ojalá que puedan ver el altar y saberse acompañados en su tremendo dolor.”

[5] Comentario de Maribel García como respuesta a una carta del poeta Efraín Velasco en la que se preguntaba: ¿De verdad estamos tan solos?

[6] Alberto Barrera Tyszka, Alfonso Orejel, Alma Guillermoprieto, Anacristina Rossi, Antonio José Ponte, Ariadna Vásquez, Carlos Labbé, Carlos Oriel Wynter Melo, Carlos Vázquez Cruz, David C. Róbinson, Diamela Eltit, Edmundo Paz Soldán, Eduardo Halfón, Eduardo Varas C, Elidio Latorre Lagares, Enrique Díaz Álvarez, Ernesto Bondy Reyes, Ernesto Escobar Ulloa, Evelio Rosero, Felix Bruzzone, Fernanda Melchor, Frank Báez, Gabriel Arriarán, Giovanna Rivero, Inés Bortagaray, Israel Centeno, Jineth Bedoya, Jochy Herrera, José Eugenio Sánchez, José Pérez Reyes, Lina Meruane, María Rivera, Mario Bellatin, Marta Aponte Alsina, Matías Néspolo, Óscar Martínez, Pablo Ramos, Rey Andújar, Ricardo Silva Romero, Rodrigo Peñalba, Rodrigo Rey Rosa, Rodrigo Soto, Samantha Schweblin, Samuel Villeda Arita, Sandra Lorenzano, Santiago Vaquera Vásquez, Sergio Troncoso, Slavko Zupcic, Solange Rodríguez Pappe, Tomás González, Toño Angulo Daneri, Vanessa Núñez y Yesid Arteta.

[7] Paula Laverde, Elmer Sosa, los miembros del Cártel de San Luis, María Campiglia, Natalia Gurovich, Beatriz Chamussy y Elsa R. Brondo

[8] Correo electrónico de Rafael Lemus.

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septiembre 4, 2011 - Posted by | Lolita Bosch | , , , , , , ,

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