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Productividad, salarios y euro

Jordi Sevilla en El Mundo

El euro fue el precio que Alemania estuvo dispuesta a pagar a cambio de conseguir su unidad nacional. Enfrentado a la posibilidad histórica de aprovechar la caída del muro para recuperar una Alemania unida, el canciller Kohl hizo un gesto europeísta que compensara los temores que la Gran Alemania suscitaba entre los principales países comunitarios. Eso sí, puso a todo el Tratado de Maastricht, la impronta antiinflacionista que caracteriza a los alemanes desde la dramática experiencia de Weimar, aceptando compartir soberanía monetaria como un paso adicional en el proceso comunitario de integración económica mediante un doble movimiento: Alemania se fortalecía con la unificación y, a la vez, se diluía en el seno del euro, aunque no como uno más.

Veinte años mas tarde, el euro cuelga de Alemania y ésta se encuentra en disposición de imponer condiciones a quienes considera países indisciplinados a cambio de su apoyo frente a los ataques de unos mercados financieros que, casualmente, no son ajenos a los intereses de la propia Alemania. El mensaje de Merkel no puede ser mas claro: si queréis que ampliemos el Fondo de Rescate y que se flexibilice su intervención en defensa de la financiación de vuestra deuda, tenéis que aceptar el Pacto de Competitividad, que resume, en seis propuestas muy desiguales, las actuales obsesiones alemanas.

Somos muchos los que vemos en este planteamiento un símbolo de la difícil situación por la que atraviesa la construcción europea. Al menos, en dos aspectos claves: debilita a la Comisión, emplazada, otra vez, a un papel secundario frente al impulso intergubernamental de unos estados miembros que no parecen dispuestos a perder sus competencias nacionales en un mundo cada vez mas global. Y, dos, afianza la hegemonía alemana en Europa, ejercida de una manera un tanto autoritaria y poco respetuosa frente a las soberanías ajenas, enfrentadas a una especie de trágala que altera equilibrios sociales muy arraigados y no siempre ineficaces, como ha sido la autonomía de sindicatos y empresarios en la negociación colectiva.

Todo ello hace que el Pacto de Competitividad, que discutirá el Consejo Europeo en su próxima reunión de marzo, sea mucho mas que un debate económico sobre la indexación de salarios o sobre la bondad de armonizar títulos universitarios. La dimensión política estuvo siempre presente desde los orígenes de la integración comunitaria y ahora, aunque haya cambiado de sentido, no ha perdido fuerza. Seguimos debatiendo sobre el poder en Europa, solo que ahora, afortunadamente, los campos de batalla están establecidos en los despachos, en las salas de reuniones y en el coste de refinanciación de la deuda.

Aunque deslumbrados por la rápida recuperación económica de Alemania, no podemos pensar que su modelo es extensivo, de forma automática, a todos los países del euro. Es cierto que una zona monetaria no se puede sostener, sólo, en base a una moneda única, sin que haya pasos firmes en la coordinación de políticas económicas, la convergencia real de los países y en sus condiciones de vida. Eso ya lo sabíamos cuando se firmó el Tratado de Maastricht, así como que el Pacto de Estabilidad Presupuestaria aprobado era un pálido reflejo de lo que se necesitaba para construir una autentica Unión Económica que reforzara, avanzando en paralelo, la propia construcción monetaria.

Entonces no se quiso hacer más, porque la prioridad alemana era la ampliación de la Comunidad a los países del este antes que la profundización en su integración. Y ahora se debe hacer, aunque no necesariamente bailando el paso alemán.

Una estrategia sostenible de construcción económica en Europa debe marcarse como objetivo la reducción gradual de las actuales diferencias en renta, riqueza y bienestar entre los miembros del euro. Ello exige estrategias nacionales armonizadas para mejorar la productividad de los países relativamente más atrasados, ya que la renta real sólo mejora de forma continuada si lo hace la productividad. Ése es el sentido de vincular evolución salarial a productividad, en lugar de hacerlo a los precios.

El problema es que el de productividad es un concepto más vaporoso de lo que creemos y con serios problemas de medición. Una vez hemos dicho aquello de que es la relación entre lo producido y los recursos empleados para su obtención, ¿cómo se mide en un hospital, en la universidad, en la policía, en el sistema financiero o en una pyme? A nivel agregado, tal y como se calcula hoy, la productividad sube con el paro y baja con la creación de empleo, lo que plantea, caso de vincular los salarios a su evolución, una situación absurda.

Además, ¿qué salarios vincularíamos a la productividad, los reales o los nominales? ¿Están nuestros pequeños empresarios preparados (y los grandes dispuestos) para enseñar a sus trabajadores toda la información precisa para calcular la productividad? Si hay una caída en la productividad fruto de una mala gestión empresarial, ¿deben pagarlo los trabajadores? ¿Cómo afecta todo ello a la distribución de la renta entre factores productivos y a las desigualdades sociales? Y, sobre todo, ¿es nuestro principal problema hoy?

La reciente crisis ha puesto en marcha un intenso proceso de reflexión sobre cómo mejorar la gobernanza en la UEM con propuestas, ya conocidas, de la Comisión y de un Grupo Especial de Trabajo, que deberán ser aprobadas antes del verano. Si en ese marco el Consejo Europeo quiere debatir medidas para mejorar la competitividad de los países del euro, podría establecer, con la metodología de Maastricht, un número adecuado de indicadores de convergencia real y de bienestar social y definir, a continuación, Planes de Competitividad y Convergencia Real vinculantes, evaluables y con plazos, para reducir la distancia existente entre aquellos más avanzados y el resto.

Esos Planes, deberían contar para su ejecución con apoyo de recursos presupuestarios de la UE. Conseguir ese reequilibrio, yendo desde la economía real a la monetaria y mejorando la gobernanza comunitaria del proceso, fortalecería la zona en su conjunto y, con ella, la solvencia de una moneda única de todos, que sea mucho más que el marco alemán disfrazado.

marzo 8, 2011 - Posted by | Jordi Sevilla | , , , , , , , ,

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