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Liderazgo compartido y resurgimiento nacional

Joxan Rekondo en Aberriberri

 

En el interesante debate que recientemente ha suscitado el colaborador de Aberriberri, Koldo San Sebastián, con su artículo ‘El PNV debe reunificarse cuanto antes’, se ha requerido a alguien de Hamaikabat para que opine respecto del fondo de la cuestión, sobre la necesidad de reactivar la influencia política del nacionalismo ante la sociedad vasca.

Por nuestra parte, algo ya se ha escrito sobre este tema en los últimos meses. De hecho, en los artículos ‘El ejemplo de Agirre’ y ‘Nueva cultura política y desarrollo nacional’ se encuentran, de manera explícita o implícita, muchas de las ideas que caracterizan nuestra opinión acerca de lo que podríamos definir como el resurgimiento del nacionalismo vasco, en el nuevo marco de los desafíos que plantea el siglo XXI.

Básicamente, un problema aceptado por analistas y observadores especializados es la progresiva desvinculación de la sociedad vasca de la actividad política. Este problema es, a su vez, común a las formaciones políticas en general, y presenta una incidencia específica en el nacionalismo. En los artículos citados, damos por conocidas las comunes circunstancias del desacoplamiento global entre la política y la sociedad,  y nos hemos centrado en los problemas de desgaste más propios del nacionalismo vasco, derivados de su propia actividad y decisiones y del alejamiento de la política de la propia sociedad vasca.

Cabría preguntarse, por supuesto, si éste es el auténtico problema y si no se está sobredimensionando. Podría discutirse que el respaldo electoral está ahí, y que ha tenido poca variación en el transcurso de tres décadas. Al margen, sin embargo, de que en el ámbito de la sociología electoral se están produciendo cambios importantes (el declinar de las fidelidades electorales, sobre todo en el voto urbano, que afecta a la capacidad de movilización de votantes en algún tipo de elecciones), la construcción nacional es una tarea permanente que no puede limitarse al voto esporádico que lo deja todo en manos de un juego entre partidos con militancia decreciente, cada vez más cerrados en sí mismos, cuya interacción con su propio pueblo, a través de los filtros mediatizados de la comunicación, es más virtual que real.

Sería muy simple creer que la pura unidad electoral del nacionalismo (como si fuera una Unión Temporal de Empresas) sea vía coalición o unificación de sus diferentes expresiones, fuera capaz de reconducir la realidad de progresiva desvinculación entre los partidos políticos y la sociedad, que se manifiesta en un desinterés social, que ya alcanza al 75% de la población. Ahí está la división concreta y profunda (partidos-sociedad) que debiera resolver una auténtica ‘reunificación’ nacionalista: una nueva vinculación del conjunto del nacionalismo con el “cauce central” de la sociedad vasca.

Para eso, a nuestro modo de ver, habría que corregir la visión que hasta ahora es dominante. Es decir, aunque la aceptación popular de las instituciones no está en riesgo, creemos que a la construcción electoral o meramente político-institucional de la nación vasca (que, con los cambios sociológicos y las restricciones legislativas a la participación, se ha mostrado vulnerable), habría que acompañarla con la más potente imagen renaniana de la nación ‘como plebiscito cotidiano’. La nación social, la sociedad portadora de la condición nacional, con sus valores y prácticas habituales y compartidas, es la garantía final del progreso nacional vasco, y el mejor abrigo frente a las amenazas que provengan de fuerzas (políticas, económicas, culturales,…) externas al país.

El mensaje del lehendakari Agirre en el Gabon de 1957, “el éxito está en nuestras manos” podría sintetizar perfectamente esta apuesta por potenciar la sociedad nacional. Esa frase dicha en ese tiempo significa que es posible autogobernarse aún sin disponer de todas las herramientas de poder político, y subraya a la vez el comprometido realismo de la construcción social del día a día frente a la abstracción de las proclamas grandilocuentes. Hace muy pocos días, Artur Mas ha realizado una reflexión muy parecida: “Lo importante es la nación, es lo más importante por cuanto no es una creación artificial como un Estado, incluso un hipotético Estado catalán” (El País, 13/09/2010).

En el artículo titulado ‘Nueva Cultura Política y Desarrollo Nacional’, sus autores asumíamos como propia esa visión y subrayábamos la mayor responsabilidad del nacionalismo histórico en la adaptación de la cultura política, de carácter aglutinante en el marco de una idea de nación que maximice la unión vasca:

“Hoy por hoy, el caudal más intenso que discurre por el cauce central del país se identifica con el nacionalismo vasco. Por eso, los nacionalistas no podemos eludir esa mayor responsabilidad que nos corresponde a la hora de renovar la cultura política vasca en la línea descrita. Se podrá argüir que la responsabilidad que asume un nacionalismo dividido en diferentes siglas no puede sino ser una responsabilidad dispersa o descompuesta. Esto es, ciertamente, un problema cuando los cerrados intereses de grupo predominan sobre el superior requerimiento de colaborar en favor del interés común”.

Por lo demás, del éxito de la tarea de vincular la política nacional y la sociedad nacional, se deduciría, también, la reunificación del espacio electoral. Aunque de ahí no cabría concluir la necesidad de una unificación del PNV que disuelva en su seno todas las expresiones sociales (sean o no políticas) favorables a compartir una política nacional, ya que no sería deseable la identificación orgánica entre sociedad y partido.

No queremos dar lecciones al más importante referente político del país y del nacionalismo. Pero, en esa línea quisiéramos movernos nosotros. En el fondo de la propuesta de convergencia electoral nacionalista, hemos dicho al PNV que la colaboración entre los dos partidos  debe sobre todo promover una nueva cultura política que nos implique a las fuerzas políticas con la sociedad:

“Es decir, frente a política y sociedad como compartimentos estancos, [debemos buscar una] interrelación recíproca entre agentes políticos y sociales, que buscan reconocerse mutuamente, abrirse entre sí y establecer una relación no-monolítica, buscando liderazgos compartidos. Esto implica la apertura programática a la sociedad, representada ésta por componentes individuales y grupales de la misma, expresiones sociales, culturales, económicas y políticas de una sociedad de carácter nacional”.

Hay que acostumbrarse a trabajar con esa diversidad, que tiene más valor, que aporta más capital al trabajo en común, cuando es visible y no cuando se desvanece. Si reunificar es sinónimo de uniformismo y de blindaje orgánico, es una unión formal y sólo sirve para ‘perder ganando’, no creo que interesa.

Aunque el término ‘reunificar’ que propone Koldo San Sebastian siga sin gustarme, ya que me evoca una unidad formal en un solo cuerpo, si de lo que se trata es de recuperar el extenso capital social del nacionalismo, con su expresión plural intacta, buscando fórmulas de interrelación de base pactada entre las distintas fuerzas (que incluso electoralmente puedan optar por tarjetas de presentación que se acomoden al tipo de elección, a las singularidades  territoriales,…), no veo obstáculos para que este tipo de unión pueda materializarse e incluso perfeccionarse al cabo de un proceso natural de acercamiento.

Proceso natural que requiere, como se decía en este foro de Aberriberri, puntos de contacto y diálogo, acciones compartidas en la red o en la calle, iniciativas en común ante la sociedad o en las instituciones,… Y, por hablar sólo del ámbito puramente político, hoy día hay bastante poco de eso.

La interrelación entre los partidos es cordial, aunque poco intensa. Desde luego, no se corresponde con el buen ambiente y el excelente rendimiento de la cooperación en las instituciones de Gipuzkoa, por poner el ejemplo más sobresaliente, que han hecho de la cultura de ‘liderazgo compartido’ el santo y seña de una nueva forma de hacer política. Hay, de hecho, todavía barreras difíciles de levantar para dar por iniciado un proceso de acercamiento. Por ejemplo: aunque Iñigo Urkullu y Andoni Ortuzar hablen de que desconocen el peso real de Hamaikabat, muchos nos tememos que el auténtico obstáculo podría ser un infundado temor al perfil plural de una alianza política.

Quiero terminar esta aportación al interesante debate que se ha planteado con una pregunta que a muchos de nosotros nos parece clave: ¿hay alguien que cree posible compatibilizar esa prevención ante el reconocimiento de la actual diversidad en el seno del nacionalismo histórico, con la deseable práctica del ‘liderazgo compartido’? Y es que llegaría a ser absurdo que, por obstinarse en una irrealizable unificación orgánica, se frustrasen las oportunidades reales de una cooperación más intensa y efectiva.

octubre 13, 2010 - Posted by | Joxan Rekondo | , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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