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José Antonio Labordeta, “cascarrabias irónico”

Alonso Escalada en DNN

Así se definía y así aparecía a los ojos de muchos este cantautor, maestro, poeta, político, soñador, no de uno sino de muchos pueblos en su serie televisiva Un país en la mochila. Se podía estar en desacuerdo con él o con sus ideas, pero no se podía dejar de admirarle y hasta de quererle. Cuando cantaba parecía su voz un trueno que caía sobre los tesos de su Aragón de cielo y ladrillo o que entonaba con el caer de los cantos rodados. Pero en cada canción a son seco o con guitarra vibraba todo un pueblo y se estremecía con un latido telúrico sus raíces aragonesas. Ejerció siempre de aragonés y de libertario, de maño que podía presumir como el de la jota: “qué diría un baturrico sin la cabecica atada si teniéndola atadica, dice las cosas tan claras”.

Áspero por fuera, tierno por dentro, amigo leal de sus amigos, sincero siempre en su talante de hombre libre, toda su manera de ser y entender la vida, la cultura, el arte y la política era la del hombre que no quiso disfrazarse nunca con plumas ajenas, que no admitía ni el chalaneo ni las componendas, que cantaba las cuarenta a quien se le interponía, como lo recordamos en aquel exabrupto en el Congreso de los Diputados dirigido hacia otro diputado del PP: “¿Por qué me voy a callar aquí si he estado callado por su culpa durante 40 años, coño? A la mierda, váyase a la mierda”. Y se quedaba tan pancho recibiendo los aplausos de un sector de diputados.

Ejerció de maestro por tierras de Teruel y enseñó a sus alumnos a descubrir y a amar las tierras y los pueblos españoles, siguiendo la tradición de otros maestros ilustres como Selgas, Gabriel y Galán, Ramón Sijé y, al lado de éstos, el extraordinario poeta Miguel Hernández. Yo veo a Labordeta emparentado en su faceta de poeta y cantautor con los versos del poeta de Orihuela: “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta”. En más de un aspecto, tanto Miguel Hernández como José Antonio Labordeta, se parecían tanto que se podía pensar que hubieran sido paridos por la misma madre-musa. El aragonés iba cantando por sus tierras y sus ríos embriagado con el vino de su inspiración en rebeldía: “Queremos una tierra que ponga libertad”. Y cuando llegó con su vitola de diputado al Congreso que llegaba a esa tierra, pero se dio cuenta de que el hemiciclo de los señores diputados no era, precisamente, esa tierra soñada por él y así nos dejó constancia de esa última decepción en sus memorias, donde se dan la mano la sinceridad y la decepción, la amistad y la honradez, de las que siempre dio pruebas. El cantautor de alma y de sentimiento popular se manifestaba como aquel otro cantor célebre como “el pájaro que vuela, yo soy libre” e iba con su mochila preguntándose como Miguel Hernández: “¿Quién habló de echar un yugo sobre el cuello de esta raza? ¿Quién ha puesto al huracán jamás ni yugos ni trabas ni quién al rey detuvo prisionero en una jaula?”.

Aragonés sin trampa, socarrón sin malicia, enemigo de la adulación, Labordeta se retrata en sus memorias como un “convencido demócrata, quien practica la democracia en el diálogo para entendernos”. Hasta cuando llegó a afirmar como otro pintor Goya u otro Saura en el cine: “Hoy una tragedia de Shakespeare se llama Aragón” no ofendía ni rebajaba a sus paisanos, sino que los situaba, a su modo, en una escala de valores que empezaba por descarnarlos o presentarlos como un pueblo entre la conformidad y la rebeldía, entre la dureza de la tierra y la claridad del cielo. O entre la vida y la muerte y en medio, el pathos aragonés.

Asociado a los grandes movimientos culturales de Zaragoza y de España, su personalidad y su reciedumbre de poeta cantautor estuvo discurriendo y llenando de su fuerza creadora las corrientes de Andalán y sus foros. En aquel espacio cultural, signo de renovación y también de incipiente lucha en tiempos de la dictadura, andaba Labordeta con su rabia y su talante de inconformista, con su poema o su canto de rebeldía en sazón, cantando como un poseso que podía haber otro mundo y otros nidos de libertad y de pasión sinceras.

No dejaba a nadie indiferente, porque su personalidad y su estilo producían fuerte impresión y hasta conmoción. Si tuvo enemigos por la brutalidad de su verso o de su canto también estuvo rodeado de amigos profundos procedentes de todos los niveles o escalas. Desde el Rey Juan Carlos hasta un fraile capuchino, rapsoda como él, Damián Iribarren. Y por donde pasó con su mochila en la serie amable o llana de Un país en la mochila dejó amigos y admiradores convencidos.

La ironía la destilaba con pequeñas dosis con aquellos que no estaba de acuerdo con él o con sus ideas. Y para ellos, tal vez, era el cascarrabias que pasó por su vida. Pero, para la mayoría, un hombre del pueblo que cantaba a su pueblo.

octubre 1, 2010 - Posted by | Alonso Escalada | , , , , , , , , , , ,

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