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¿Fractura social catalana?

Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

De buena fe o tratando de crear alarma, se relaciona el crecimiento del independentismo con el riesgo de fractura social en Catalunya. Este verano, algunas personalidades, entre ellas el presidente de la Generalitat, han hecho referencia a ello. Unos reflexionan seriamente sobre el impacto que puede tener en la cohesión civil un aumento del número de partidarios de un Estado catalán y otros utilizan el fantasma de la ruptura interna como freno. Joan Majó, ex ministro de Industria y voz sensata dentro del campo socialista, escribía lo siguiente, pocos días después de la manifestación del 10 de julio: “Tal vez la imbecilidad de algunos agresores de fuera lo puede acelerar, pero no creo que el independentismo nos resuelva nada a corto plazo y, sin mayoría, podría conducir a la fractura social”.

El condicional que usa Majó señala un punto de cautela intelectual imprescindible cuando hablamos de un fenómeno en marcha, que presenta muchos prismas nuevos y poco comparables con otras épocas y otros territorios. Lo paradójico y revelador es que, en el mismo artículo, Majó describe, sin decirlo, una de las claves del crecimiento independentista de los últimos tiempos: “Estoy dispuesto a ser español siempre que no se me obligue a ser menos catalán de lo que soy y mientras el Estado me defienda a mí, mi nación, mi lengua, el futuro de mis nietos y todo aquello con lo que me identifico. Ahora no veo que sea así”. Son palabras escritas serenamente por un ex ministro de España. Para muchos, el problema no es el independentismo, sino el diagnóstico que formula Majó. Un diagnóstico que es la antesala del nuevo independentismo social, al margen de siglas, capitostes y pugnas personalistas, ciertamente ridículas. Lo nuevo de este momento es que el diagnóstico de Majó, con estas u otras palabras, es asumido por sectores que siempre habían imaginado Catalunya en España.
El debate que relaciona independentismo con fractura social confunde, a mi entender, la polarización ideológica con un choque civil de tintes dramáticos. Manuel Castells, en un artículo del pasado 24 de julio en La Vanguardia, usaba el término “fractura ideológica”, mucho más preciso, porque ubica esta realidad dentro del normal pluralismo de una sociedad desarrollada. La idea de fractura social parte de una foto fija según la cual la lengua familiar y el origen marcan de forma imperativa las preferencias en este terreno. Sin menospreciar las lealtades emocionales y políticas que se derivan de estas coordenadas, es evidente que la mescolanza que es la Catalunya de hoy no permite simplificaciones. Hay muchos López entre los independentistas y no pocos Puig entre los que desean mantener las cosas como están.

La encuesta del Instituto Noxa que publicó ayer este diario indica que el independentismo decrece con respecto a julio (entonces un 47% a favor superó a un 36% en contra) pero parece destinado a consolidarse, de momento, alrededor del 40%, cinco puntos por debajo de los contrarios a la secesión. La idea de un futuro empate técnico entre ambas posiciones toma fuerza. Cuando se pregunta sobre la identidad, la franja principal sigue siendo la de quienes se sienten tan catalanes como españoles, un 48% ahora y un 41% en julio. Con todo, si se suman los que ahora se sienten sólo catalanes (14%) y más catalanes que españoles (21%), está claro que el independentismo también atrae a una parte de quienes proclaman sentirse tan catalanes como españoles. La encuesta de julio arrojaba que tres de cada diez ciudadanos de este grupo central también apoyarían la creación de un Estado catalán.

La complejidad de nuestra sociedad es tan alambicada que puede convivir el sentimiento de españolidad junto a un razonamiento independentista, debido, tal vez, a motivos no exclusivamente identitarios. El discurso de los intereses y del bienestar ha llevado la propuesta soberanista a nuevos públicos, una novedad de largo alcance que Chacón y González, en su artículo del pasado julio, despachaban de manera miope como “invocación de un grosero cálculo económico cada vez más distante de las tradiciones progresistas y más cercano a los postulados de la Liga Norte italiana”. Podría dar el nombre de ilustres socialistas, entre los cuales algunos catedráticos de Economía, que en privado han tirado la toalla federalista por razón exclusivamente económica. O podría explicar las duras conclusiones que sacan muchos catalanes con parientes en Andalucía, Extremadura o las Castillas cuando regresan de esas tierras.

Con todo, si uno se limita a observar la guerra de banderas en algunos bloques (el del tercero coloca la española y el del primero la independentista) o las efusiones futbolísticas, puede creer que estamos a un paso del gran drama. Además, todos hemos escuchado gritos lamentables del tipo “puta España” y “puta Catalunya”. Hay que ir más allá. El país de a diario es, por suerte, menos salvaje.

Para terminar, hay una pregunta inevitable: ¿quién tensa la cuerda? Aznar hizo mucho por el crecimiento de ERC y, ahora, el Tribunal Constitucional ha contribuido en gran manera a expandir la hipótesis independentista. Esta es mi visión. Otros les dirán que la cuerda la tensa siempre el nacionalismo catalán, insatisfecho por naturaleza, obviando, por ejemplo, que el nacionalismo español llegó a demonizar una opa porque la empresa que la lideraba es catalana. Seamos optimistas. A pesar de la crisis, la Catalunya de hoy no es la de 1934. El lío que tenemos es monumental, pero la mayoría quiere resolver las cosas pacíficamente.

septiembre 9, 2010 - Posted by | Francesc-Marc Álvaro | , , , , , , , , , , , , , , ,

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