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“¿Notas el cambio?”

José Ramón Blázquez en Deia

La pregunta tiene respuesta en la sociedad vasca y ésta es, a todas luces, negativa. Por mucho que los socialistas se empeñen en una campaña de marketing e imagen y en la ayuda de la prensa afín. Su problema es que el producto López no funciona.


Esta es la pregunta que los socialistas vascos, escamados por la escasa penetración pública y leve aceptación cualitativa de su gestión, formulan estos días a sus interlocutores ocasionales. “¿Se nota el cambio?”, te inquieren. La cuestión que plantean tiene su importancia porque estas dudas sobre la operación de relevo del PNV reflejan no sólo un claro sentimiento de fracaso, refrendado en encuestas desfavorables y en la indiferencia popular que provoca López, sino que denotan también la frustración ante una estrategia de propaganda a la que adjudicaron una relevancia máxima al vincular desde un principio el éxito del pacto PSE-PP al arrimo, adulación y patrocinio de los grupos mediáticos, su bálsamo de Fierabrás, calculando que la buena prensa se traduciría con el tiempo en reputación para el lehendakari y en olvido nacionalista. Nada de esto ha ocurrido y nuestros socialistas viven en la ansiedad y el desasosiego.

El problema del actual Gobierno vasco es que su prioridad no es gobernar, en el sentido amplio de gestión y liderazgo del país, sino justificar ante la opinión pública el haber desplazado al partido mayoritario e implantado un tratado frentista en el que casi nadie cree y del que poco se espera. Cuando un gobierno está obsesionado en su propia composición y lo fía todo a que la prensa le sea siempre propicia, malgastará sus energías en lo secundario (la comunicación) y malversará sus responsabilidades en lo importante (el bien común). De ahí la inacción gubernamental, la exigua tarea legislativa (sólo ha impulsado cuatro leyes de las catorce prometidas para este curso parlamentario) y sus fijaciones identitarias y simbólicas.

A la política, y aún más a la vasca, le falta autenticidad. En este sentido, mal van las cosas si los socialistas se empeñan en otorgar a la palabra cambio una categoría trascendente (más bien pretenciosa) que la ciudadanía no le otorga. Son los hechos los que determinan las transformaciones sociales. Las palabras no construyen realidades. Dicho por Wittgenstein en su Tractatus: “El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas”. Ir por ahí preguntando a la gente sobre si percibe o no el cambio en Euskadi es tan extravagante como andar interrogando al vecindario sobre el triángulo de las Bermudas.

El cambio no llega siquiera a la categoría de eslogan, porque al contrario que el mensaje innovador de Obama no configura una ilusión colectiva y aparece como una maniobra artificial definida por el Estado para violentar la democracia entre nosotros.

Como los acontecimientos son negativos para López y sus aliados, nos encontramos con que la política vasca padece una sobredosis de retórica y sobreabundancia verbal. Jamás hubo en Euskadi, ni aún en los años de la desdichada transición, mayor caudal de sermones partidistas que ahora, precisamente porque estamos en un contexto justificativo de una realidad política indeseable. Hay que advertir que el desliz común de los líderes es calcular su competencia por la cifra de sus apariciones mediáticas. No han evolucionado. ¿Es que no entiende nuestra clase dirigente que la sociedad está saturada de mensajes? El umbral de saturación hace tiempo que ha sido sobrepasado y las emisiones orales de los líderes apenas tienen efecto público, no ya por cansancio y descrédito, sino porque los ciudadanos atienden a los hechos antes que a los pregones. Es bastante ridículo este espectáculo habitual de declaraciones, respuestas y contrarréplicas entre políticos, como si la democracia se tasase en palabras y el campeón fuera el más vocinglero. Tengan piedad, por favor.

Quiero decir que si a la política vasca le sobra locuacidad y le faltan designios que ilusionen, este defecto es aún más grave en el Gobierno de López, motivado por la soledad de su proyecto y la presunción de que la elocuencia puede compensar y distraer la realidad. El principal extravío del Gobierno vasco es que, ante la impugnación social de la operación antinacionalista, ha dado prioridad a la comunicación como método para enaltecer los actos de gobierno más corrientes y, exagerando las diferencias con sus predecesores y despreciando los buenos resultados de éstos, justificarse en la grandilocuencia (momento histórico, cambio democrático, una nueva mayoría…), la sobreexposición mediática y la vanidad de la notoriedad pública a falta de argumentos de democracia llana. Es una vieja receta del marketing tradicional. Cuando un producto pierde ventas o un nuevo artículo no obtiene los resultados previstos, convocan al director de mercadotecnia para que ponga remedio. Si vendemos menos, reaccionemos con más publicidad. Y lo que sucede es que, no siendo la comunicación sino el producto la causa de los malos resultados, las ventas no se incrementan y la rentabilidad se reduce aún más con el gasto de fuertes e inútiles campañas.

López no vende, éste es el asunto. Y lo que es más frustrante, la mayoría prefiere el producto anterior con todos sus fallos y temeridades. El éxito de la venta (la política es comercio de sentimientos e ideas) depende de una conjunción de factores: calidad, precio, cercanía y relación honesta con los clientes. Y es evidente que tanto la dudosa calidad del producto López, como el precio pagado (excesivo en términos de dignidad democrática y costes generales) y la escasa confianza generada han ahuyentado a la clientela, que no responde siquiera al impacto de ofertas y rebajas. Nada puede hacer el marketing ante el trance de un producto defectuoso y el estigma de una marca (PSE) cuya peor tara es aparecer fusionada con otra (PP) que contradice sus valores atribuidos.

La peor opción de comunicación que tenían los socialistas era la estrategia simbólica, porque a pesar de su aparente capacidad de impacto es la menos racional e inefectiva. Euskadi necesita un completo repliegue de emociones. Poner banderas españolas por doquier, alterar el mapa meteorológico en ETB, desnaturalizar la radiotelevisión pública, refundar simbólicamente la Ertzaintza, priorizar la presencia de las selecciones estatales deportivas y el regreso de la Vuelta a España y hacer una demostración de infértil tenacidad contra la exhibición de fotos de presos de ETA en calles y fiestas no son más que fugaces distracciones tras las cuales nada queda. Por eso no hay percepción social del cambio: la mayoría no lo pedía y casi nadie lo ve por ninguna parte en lo sustancial. No se gobierna con la imagen, al menos durante mucho tiempo.

Entiendo la frustración socialista y la desazón del PP; pero su equivocación, más allá del fiasco estratégico de su coalición de odios, es haber sobrevalorado la potencia de la comunicación y otorgar a este instrumento (es sólo un medio, no un fin) una capacidad excesiva para conseguir cambiar la opinión vasca contraria a su pacto antinacionalista. Hace tiempo que la política cedió su autonomía al poder de los medios.

agosto 26, 2010 - Posted by | José Ramón Blázquez | , , , , , , , , , , ,

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