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Reflexiones sobre las revoluciones interrumpidas

El tema de las revoluciones que son “paralizadas” o “frustradas” ha vuelto a estar a la orden del día. Historiadores y sociólogos retoman el hilo de una reflexión cuyas raíces se encuentran en el siglo XIX, aunque las explicaciones sean otras y, a veces, combinen la inquietud política, la insatisfacción social y el refinamiento teórico, como sucede con las aportaciones de Orlando Fals Borda (1), que a lo largo de su carrera viene enfocando el tema de varias maneras, en términos de la evolución histórica de Colombia o de la situación global de América Latina.

El Problema de la Descolonización

La orientación predominante en las clases privilegiadas de América Latina consiste en confundir la disgregación del antiguo régimen colonial con la descolonización como proceso histórico-social. De esta manera, se procede a una mistificación que se desenvuelve, en mayor o menor grado, en todos los países, pero que, principalmente, se manifiesta de manera acentuada en los diversos países que aún se encuentran en el período de transición neocolonial. El desengaño se ha llevado a cabo, en términos científicos, a través de la teoría del colonialismo interno; en el plano de la lucha de clases y de la oposición política articulada, la misma aparece bajo las banderas del combate al “feudalismo”, a las estructuras arcaicas de producción y, sobre todo, del antiimperialismo. ¡Algo es mejor que nada! Sin embargo, la teoría del colonialismo interno les concede a las clases dominantes una ventaja estratégica: ella descuida por demás la necesidad de una investigación rigurosa de las formas de estratificación enlazada al capitalismo neocolonial y al capitalismo dependiente; y coloca a la lucha de clases propiamente dicha en un segundo plano, concentrando el impacto sobre los efectos constructivos del cambio social espontáneo, del desarrollismo y, en particular, de la secularización y de la racionalización inherentes a la expansión del urbanismo y del industrialismo. Por lo tanto, en aquello en lo que se presenta como una teoría crítica, la misma se polariza como una manifestación intelectual del radicalismo burgués y del nacionalismo reformista. El combate político a los remanentes feudales o al feudalismo persistente y al imperialismo tiene un carácter de ruptura más pronunciado. De hecho, el mismo se vincula con un intento de las vanguardias de izquierda por informarse acerca de la dinamización de las transformaciones dentro del orden relacionadas con la revolución burguesa (esas transformaciones fueron descritas en Europa como “revoluciones” y son las que marcan el avance de la revolución burguesa: la revolución agraria, la revolución urbana, la revolución industrial, la revolución nacional y la revolución democrática). En términos tácticos, el intento se detiene en el nivel de los conflictos en el seno de las clases dominantes: poner a las facciones de la burguesía estructuradas en la producción latifundista y en el sector de la exportación o insertas en la dominación externa, en contra de las facciones estructuradas en la expansión del mercado interno y de la industria. En consecuencia, ésta no contribuye a adecuar la teoría de las clases sociales y de la lucha de clases a las condiciones concretas de los países en situación neocolonial o de capitalismo dependiente; y contribuye muy mal con el planteo de las reivindicaciones de los trabajadores del campo y de la ciudad en un lenguaje específicamente socialista y revolucionario. Por lo tanto, también desembocó en la órbita del reformismo burgués, aunque no se pueda subestimar su importancia en cuanto a la movilización política de sectores de la población pobre y trabajadora sistemáticamente excluidos de la cultura cívica y de la sociedad civil, así como en cuanto a la impregnación nacionalista y radical-democrática de algunos sectores de las clases medias o incluso de las clases altas.

Lo que es grave es que el problema de la descolonización no fue y continúa no siendo planteado como y en tanto tal. El mismo es diluido y desintegrado como si no existiera y, sustantivamente, como si lo que importara fueran sólo las debilidades congénitas del capitalismo neocolonial y del capitalismo dependiente. Sombart demostró que el capitalismo puede transformarse, agotando épocas bien marcadas, manteniendo no obstante espacio histórico y económico para la supervivencia y la revitalización de formas superadas de producción y de intercambio. Se podría pensar, desde los países centrales, que éstos serían “nichos” de formas arcaicas u obsoletas de capitalismo, funcionales a los arreglos modernos y más avanzados del desarrollo capitalista. Este razonamiento no se aplica del mismo modo a la periferia, principalmente a los países que se encuentran en situaciones neocoloniales específicas o a los que, estando en situaciones de capitalismo dependiente, no reciben de las economías centrales fuertes dinamismos de crecimiento económico o no pueden compatibilizar tales dinamismos con el crecimiento del mercado interno. Aquí, la descolonización constituye una categoría histórica enmascarada por la dominación burguesa (tanto la nacional , como la imperialista : ambas poseen intereses convergentes en crear ilusiones o mitos sociales). En lugar de un ataque abstracto al colonialismo interno, a los elementos feudales parciales o globales y al imperialismo, convenía darle énfasis a la descolonización que no se realiza (ni puede realizarse) dentro del capitalismo neocolonial y del capitalismo dependiente. He aquí el quid de la cuestión. Llevar la descolonización hasta sus últimas consecuencias es una bandera de lucha análoga a la revolución nacional y a la revolución democrática -y esa reivindicación debería ser hecha en términos socialistas, aunque con vistas a la “aceleración de la revolución burguesa”-. Parece evidente que la descolonización no puede ser contenida en esos límites y que, en la acción práctica, en lugar de acelerar la revolución burguesa, ésta fomenta la “desestabilización” y la evolución de situaciones revolucionarias hasta puntos críticos. A pesar de todo, en la periferia el socialismo posee esa función de calibrar los dinamismos revolucionarios del orden existente por los problemas y dilemas sociales que las burguesías no intentaron enfrentar y resolver, por no ser de su interés de clase en las formas de desarrollo capitalista inherentes al semicolonialismo y a la dependencia.

El punto crucial de la cuestión, en lo que se refiere a los países en los cuales la vanguardia interna de la lucha contra el colonialismo era reclutada en los estratos más privilegiados de los estamentos dominantes, viene a ser que estos estamentos y sus élites no tenían ningún interés en revolucionar las estructuras sociales y económicas vigentes -y, en cuanto a las estructuras legales y políticas, sólo querían modificarlas revolucionariamente de forma localizada: la independencia frente a la metrópolis, por un lado, y la plenitud política de su hegemonía social en el plano interno, por el otro. […]

Los Límites de la “Transformación Capitalista”

Durante mucho tiempo prevaleció la idea de que el desarrollo capitalista podía producir resultados similares en cualquier parte, dependiendo del “periodo” en el que se encontrara y de su “potencialidad de maduración” o de alcanzar una “forma pura”. Esta ilusión podría ser mantenida incuestionablemente en algunos países de Europa y fue ampliamente compartida en los Estados Unidos; su difusión formó parte del proceso de colonización, de transferencia de la ideología dominante en las naciones capitalistas hegemónicas, y se fortaleció con el crecimiento controlado desde afuera de la modernización. […]

El dilema económico de América Latina consiste en que esa óptica burguesa no cuestiona históricamente la forma del desarrollo capitalista, sino que se mira hacia el modelo vigente en determinado momento del desarrollo capitalista (o hacia un modelo idealizado , a través del cual ciertas burguesías lograron su arranque industrial y la constitución de una sociedad de clases capaz de contener y regular el antagonismo central entre el capital y el trabajo). Ahora bien, la forma del desarrollo permitiría cuestionar lo que ya List había descubierto: el país o los países más fuertes tendrían un control del mercado mundial y ventajas crecientes en la acumulación capitalista. Los países que no pretendieran someterse a controles externos coloniales y semicoloniales o que quisieran escapar a una dependencia económica ruinosa tendrían que luchar por su autonomía de desarrollo capitalista . Por su parte, los modelos de desarrollo podían ser compartidos con las economías periféricas. En realidad, para que la colonización se realizara o para que la situación neocolonial y la situación de dependencia produjeran frutos, resultaba imperioso compartir el modelo, por lo menos en la medida y en los límites en que las economías coloniales, neocoloniales y dependientes tendrían que encajarse en las estructuras y en los dinamismos económicos del centro o de los centros dominantes. Ello no significaba que, en determinado momento, alcanzarían el desarrollo de dichos centros, lo igualarían y lo superarían. Porque, en las situaciones coloniales, neocoloniales y de dependencia, esto era imposible (y hasta el día de hoy, según Baran, sólo sucedió en los Estados Unidos y en Japón, y por motivos que no son intrínsecos a estas situaciones y tienen que ver con la ruptura política contra ellas y su disgregación deliberada, como parte del “cálculo económico racional” y de la “razón política nacional independiente”). Lo que ocurrió en América Latina, a escala universal, fue que los estamentos dominantes y privilegiados prefirieron optar por la línea más fácil de sus intereses y ventajas, dándoles prioridad total a las soluciones económicas montadas en el periodo colonial, con todas sus aberraciones. […]

Esto significa que el dilema económico expresado a través del capitalismo neocolonial y del capitalismo dependiente no fue un simple producto de las corrientes de la historia moderna . Los países europeos (y, más tarde, los Estados Unidos) no impusieron nada que fuera inevitable. Las fuerzas movilizadas para luchar contra las dos metrópolis fueron desmovilizadas por los sectores civiles y militares. Esto comenzó a preocupar a aquellas élites, de manera sustancial, fue como impedir que la herencia colonial se disgregara, se escabullera entre sus dedos. No se podrá decir que tal opción tendría valor y vigencia para siempre. […] Cuando la presión de abajo hacia arriba se intensificó de modo revolucionario prematuramente, la misma fue aniquilada, aplastada y sirvió de pretexto para modalidades políticas de autodefensa de la burguesía que recuerdan la autocracia y el despotismo. Por otro lado, en la medida en que el período de la formación del proletariado alcanzó mayor madurez y trató de organizarse para desarrollarse como clase independiente, el proceso fue contenido, interrumpido o interceptado por la violencia organizada. En consecuencia, las fuerzas sociales, que podrían funcionar como contrapeso y poner en la escena histórica el problema de la forma del desarrollo capitalista, ni siquiera han podido hacerlo. Las tenazas de la historia son cerradas por las manos de los hombres: los hombres que están en el poder, dentro de las empresas, de las instituciones sociales y del Estado, y que no ven otra cosa a no ser lo que pueden extraer del botín, aliados con socios de varias categorías sociales de adentro y de afuera.

Por tal motivo, elegí el concepto de “transformación capitalista” con el cual trabaja Lukács, y puse el énfasis en los límites que aquélla sufre inevitablemente. No quiero decir con esto que la revolución burguesa haya fracasado, como piensan, incluso, algunos científicos sociales de reconocidos méritos, liberales o de izquierda. El punto más grave, que se configuró en las naciones latinoamericanas de mayor envergadura económica, demográfica y política, es que la revolución burguesa acabó definiéndose y desatándose por la cooperación con el polo externo y a través de iniciativas modernizadoras valiosas, desencadenadas por el polo externo . El Estado autocrático burgués (o, como otros lo prefieren, el Estado neocolonial o, inclusive, Estado de seguridad nacional) acabó siendo el eslabón mediador por el cual una revolución que dejó de ser hecha por decisión histórica está caminando por la senda de la modernización dirigida y autocrática y por la transformación de estructuras previamente encauzadas o esterilizadas. En realidad, en la medida en que la forma del desarrollo capitalista no fue tocada por los intereses mayores, el nuevo modelo de desarrollo capitalista tenía que conducir en esa dirección. El mismo es internacionalizante por contingencia histórica (la lucha de vida o muerte con las naciones socialistas) y por su dinamismo interno (el capitalismo de la era del imperialismo, que tiende a unificar la autodefensa y la seguridad de la empresa mundial, en la esfera de la producción, del mercado y de las finanzas). Por lo tanto, la burguesía externa sacudió la apatía y las ilusiones de progreso espontáneo que tenía la burguesía neocolonial y dependiente, y la revolución burguesa se profundizó, literalmente, como una catástrofe histórica. La periferia verdadera del capitalismo monopolista avanzado está siendo construida ahora, en nuestros días . La misma será profundamente modernizadora, provocará transformaciones, nunca antes soñadas, de la economía industrial y de la sociedad de clases. Empero, para mantener el desarrollo desigual y combinado en términos de las ventajas estratégicas de las clases burguesas, del centro y de la periferia, tendrá que despojar a la revolución burguesa de los atributos que han definido su grandeza histórica en la evolución de la civilización moderna.[…]

¿Quién “Aprovecha las Contradicciones” en la Lucha de Clases?

[…] En primer lugar, las “contradicciones” no son sólo una construcción abstracta, sino que forman parte de relaciones sociales reales y tienen que emerger como tal en la vinculación de los proletarios con su sociedad. En segundo lugar, las “contradicciones” no impiden que el capitalismo se expanda constantemente y que el poder de la burguesía continúe creciendo, pues forma parte de la lógica íntima del capitalismo y del régimen de clases que éstos tengan que desarrollarse en esas condiciones. En tercer lugar, las “contradicciones” pasan a contar como un factor de poder real para los proletarios desde el momento en que se hace posible, para éstos, ensamblar las condiciones de constitución de la clase con las condiciones de lucha con las clases dominantes; de allí en adelante, el desarrollo del capitalismo expresa, de hecho, su naturaleza antagónica y el poder relativo del capital y del trabajo. En definitiva, las contradicciones pueden ser largamente aprovechadas por las clases dominantes y, al contrario, la existencia de una gran masa de proletarios, por sí sola, no impide que esto se mantenga como una especie de rutina. La misma violencia institucional, generada para mantener tal estado de cosas, acaba siendo instrumental, bien sea para multiplicar las ventajas relativas de las clases dominantes, inclusive en la esfera restringida de la acumulación de capital, o para atrofiar la lucha de clases y la capacidad de lucha política de los proletarios, o bien para crear orientaciones conformistas y de acomodación pasiva, por las cuales los proletarios se excluyen del uso consciente y activo de las contradicciones en su provecho colectivo (lo que es engañosamente designado, por las clases dominantes, como “apatía de las masas”). Las burguesías “débiles”, de la periferia, confrontadas simultáneamente por la dominación del capital hegemónico externa y por la presión del trabajo interna, tienden a darle la máxima importancia a la relación interdependiente entre la violencia institucional y una “posición invulnerable” en la lucha de clases, buscando, de esta manera, monopolizar en su provecho el uso deliberado de las contradicciones intrínsecas al crecimiento del capitalismo y del régimen de clases. No pretenden, con ello, “retardar la historia”, sino protegerse dentro de la “historia posible”, pues precisan calibrar el terrorismo burgués, que no inventaron, para lidiar con los accidentes fatales y los riesgos catastróficos del capitalismo salvaje. […]

(La versión completa del texto publicado en este Cuaderno es parte de la antología Dominación y desigualdad: el dilema social latinoamericano , organizada y presentada por Heloísa Fernandes, editada por CLACSO Coediciones con Siglo del Hombre Editores (Colombia, Julio 2008) y PROMETEO editores (Buenos Aires, Agosto 2008). Originalmente publicado como “Reflexões as revoluções interrompidas” en Florestan Fernandes, Poder e contrapoder na América Latina , Rio de Janeiro, Zahar Editores, 1980, pp. 77-114)

Notas:

(1) Orlando Fals Borda, La subversión en Colombia. Visión del cambio social en la historia , Bogotá, Departamento de Sociología de la UN y Ediciones Tercer Mundo, 1967; Las revoluciones inconclusas en América Latina.1809-1968 , México, 1968.

Florestan Fernandes en Le Monde Diplomatique

mayo 19, 2010 - Posted by | Florestan Fernandes | , , , , ,

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