Nabaizaleok / Iritzia

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Tan pactando, diría el poeta.

He aquí un país agarrado al pacto. El pacto como talismán. El pacto como remedio, como esperanza, como solución y pócima de curandero.

He aquí un país agarrado al pacto. El pacto como talismán. El pacto como remedio, como esperanza, como solución y pócima de curandero. Pones el telediario, y los locutores tienen cara de pacto. Abres los periódicos, y lo tienen como tema rey, nunca mejor dicho. Nunca las relaciones entre partidos han sido peores ni más desconfiadas, pero nunca hubo tanto acuerdo en intento de gestación: el Parlament lo intentó; Gabilondo busca su acuerdo educativo; el tridente de Zapatero hace papelitos; Alonso se reúne en el Congreso; los de Toledo estudian pensiones; sindicatos y empresarios se supone que alumbran la reforma laboral. La industria del catering no da abasto. Gobernará no se gobernará, pero se jartan a hablar.

Primera impresión: si los estrategas del Gobierno han diseñado todo esto para entretener al personal y ganar tiempo mientras cogen color los brotes verdes, son unos genios. Han conseguido su objetivo: que no se hable de otra cosa. Los magistrados del Constitucional tienen tranquilidad para seguir dando vueltas al Estatut. Garzón sufre menos el impacto del cerco que lo intenta ahogar. Zapatero puede dedicar más horas a su decaída presidencia europea. Rajoy no está ocupado en meditar si presenta moción de censura, porque tiene que emplearse en adivinar si el Gobierno le tiende una trampa. Y mientras se habla de pactar, no se planean otras maldades.

Después tenemos la consigna colectiva: nadie quiere ser un salvavidas de Zapatero. Si hay que firmar algo, se firma, pero que el votante no vaya a pensar que socorren a un náufrago. Si hay que echar una mano, se echa, pero la justita, y siempre sin afán partidista, faltaría más. Sólo arriman el hombro en beneficio de la sacrosanta economía nacional. Y todos quieren estar en la foto: el primero que se vaya será el malo, el esquirol, que no participa de esa inmensa generosidad de darlo todo por la recuperación y el empleo. Sobre tan sutil equilibrio, el Gobierno consiguió su primer éxito: nadie abandonó todavía.

Y así pasó la semana: tan pactando, que podría decir el poeta. Pero, cuidado, que viene el enemigo exterior: aparece Bruselas y auxilia a Montoro y Duran con su veredicto de que el IVA contrae la economía. Predique usted, señora Salgado, que tenemos la menor presión fiscal de Europa: los hados favorecen a la oposición. El mayor- pacto-que-vieron-los-siglos se puede caer por dos puntos de recaudación. Sólo queda o rendirse, o apoyarse en el bueno de Erkoreka, que votó la subida con los presupuestos.

Y viene la guerra de religión. El apóstol Montoro no es que quiera un cambio de política. Es que aspira a que los socialistas acepten la política del PP, que es la correcta. Le faltó decir que es la única correcta, como cualquier creencia religiosa, con lo cual habría convertido su alternativa en una cuestión teológica. Y eso es lo que asoma: el “quien no está conmigo, está contra mí”. Y el infiel, al fuego eterno. Que esa es la condena que se busca. La incógnita es para quién.

Un brote verde
Felicidades a Barcelona y a toda Catalunya, porque hoy tengo una magnífica noticia: la petición de slots para la temporada de verano (marzo-octubre) en el aeropuerto de El Prat anuncia una gran afluencia de viajeros. Si en el 2009 esas reservas habían bajado un 11% en relación con el anterior, este 2010 han crecido ya un 11,7%. Quizá no sea anuncio de final de la crisis; pero es un auténtico brote verde.

La incansable
Cuentan los rumores de la Villa que no hay persona pública que trabaje más estos días que la presidenta del Constitucional, María Emilia Casas. Hace jornadas de veinte horas. Celebra reuniones permanentes con los magistrados. Almuerza y a veces cena en su despacho. Habla, consulta… Es una mujer contra el calendario… Pero, ay, ¡el Estatut!

El desvelado
Montoro no entiende que haya habido un líder político que no durmió la noche del martes al miércoles estudiando el papel que les había mandado el Gobierno. ¡Pero si se lee en tres minutos!, exclamó. Pues hubo un líder que no pegó ojo: don Cayo Lara, coordinador de Izquierda Unida. Analizó el papel, le dio vueltas, lo estudió. Una de dos: o es nuevo en esto, que lo es, o estaba convencido de que había algún mensaje secreto en la escueta literatura oficial.

Fernando Ónega en la Vanguardia.

febrero 28, 2010 - Posted by | Fernando Ónega | , , ,

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