Nabaizaleok / Iritzia

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Hablemos de Espriu

Y así, de la misma forma que manoseamos en vida la obra de Espriu, ahora ninguneamos su recuerdo.

Cuando lo conocí, Salvador Espriu ya era el mito catalán por excelencia, el “poeta nacional”, decían los etiquetadores de la época. Con esa pesada mochila, y mis asustados veinte años, fui a conocer al maestro, convencida de encontrarme con un gigante. Pero si algo tenía de excepcional Espriu era que, en los tiempos del anhelo épico, él solo era un hombre. Cáustico, austero, sensible, pero solo un hombre. Fascinada por los libros que poseía, recuerdo la estúpida pregunta que le formulé, y no porque mi pregunta merezca tan longeva memoria, sino porque lo merece su respuesta. “¿Qué significan para usted estos libros que ha acumulado durante toda una vida?”. Y mirándome con esa sorna tan espriuana, me contestó: “Polvo, señorita, significa polvo”.

Polvo es, desde hace 25 años, su menudo cuerpo. Y, como es de rigor en este país de subidas hormonales, el poeta encumbrado a la categoría de nacional ha protagonizado, estos días, un nacional olvido, especialmente sonoro por parte de las instituciones que deberían cuidar la memoria de nuestros grandes escritores. Dicen los fabricantes de excusas oficiales, que dentro de tres años será el centenario, y que entonces “toca recordarlo”.

Extraño concepto el del toca, como si no tocara siempre encumbrar la buena literatura de un país, con cualquier excusa, por cualquier motivo, al estilo de la grandeur francesa, cuya capacidad de vender su producto cultural es envidiable. Pero los catalanes, tan excesivos en muchas cosas banales, nos permitimos una sorprendente parquedad cuando se trata de la excelencia cultural, no fuera caso que nos empacháramos de genialidad. Y así, de la misma forma que manoseamos en vida la obra literaria de Espriu, reduciéndola a una simple caricatura política, ahora nos permitimos ningunear su recuerdo. Poetas de usar y tirar, a conveniencia de los tiempos y las luchas.

Algún día, alguien valiente y con tiempo suficiente deberá hacer un estudio crítico de esta perversión nacional para con nuestros escritores. Una perversión que condenó a los infiernos a Josep Pla, porque no estaba homologado por la progresía de la época, sin entender que la magna obra de Pla era una de las contribuciones más importantes a la literatura catalana, que nunca se habían hecho. Y si unos estaban condenados, otros, meros versistas, estaban sobrevalorados porque hacían rimar Catalunya con la palabra libertad. Por el camino de unos y otros, las grandes obras se reducían al estereotipo, y el esqueleto que quedaba, se repetía en los mítines como si fuera una epopeya. Espriu fue mucho más que un “poeta nacional”. Fue un poeta, de los grandes, más allá del tiempo y sus circunstancias. Sin embargo, fue reducido a simple héroe, y ahora le ocurre lo que siempre ocurre con los héroes. Que, olvidadas las batallas, desaparece su recuerdo.

Pilar Rahola en La Vanguardia

febrero 25, 2010 - Posted by | Pilar Rahola | , , ,

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