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El derecho de las minorías existe

EL fenómeno de las minorías es una realidad que no se puede obviar aunque, curiosamente, sus derechos están más presentes en la ONU que en los despachos de quienes tienen que articularlos en la práctica.

En 1992, la Asamblea General adoptó la Declaración sobre los Derechos de las Personas Pertenecientes a Minorías Nacionales o Étnicas, Religiosas y Lingüísticas. Poco después (1995), se crea en la ONU el llamado Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre las Minorías. En esta línea, Kofi Annan, el que fuera secretario general de las Naciones Unidas, exhortó a que “debemos hacer todo lo posible para prevenir que se produzcan conflictos. (…) Así, la mejor manera para prevenirlos es promover acuerdos políticos en los cuales todos los grupos estén representados justamente, combinando los derechos humanos, con los derechos de las minorías y un amplio desarrollo económico”.

Pero lo cierto es que las minorías y sus derechos no han tenido un suficiente desarrollo legislativo. Resultan significativas las pocas referencias legales generales que existen sobre este tema, más allá de tratados puntuales bilaterales. Destacan el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, de 1966 y el Convenio de la OIT que aprobó el Convenio sobre el Trato a las Poblaciones Indígenas, de 1991. El valor de este convenio, primero en su género, es que descarta abiertamente la política de asimilación que los gobiernos han sustentado hacia los indígenas durante siglos, al tiempo que explicita los derechos fundamentales que los indígenas deben tener: tierra, salud, educación, participación, además de reconocerles como pueblos.

Llama la atención que no resulte fácil una definición de minoría que recoja siquiera lo esencial de la realidad y el problema que engloba. Las minorías son un estorbo y lo cierto es que no ha sido posible llegar a un consenso siquiera sobre las principales características o elementos que conforman una minoría: lingüística, nacional, étnica, religiosa, indígena, incluso inmigrante… Cierto es que existen bastantes definiciones oficiales y legales pero sin llegar, como digo, a un concepto común.

En primer lugar, una minoría es un grupo de personas vinculadas sobre el que pivotan derechos (y deberes). Estar en minoría indica una suerte de debilidad o desventaja respecto a la mayoría la que se contrapone y le condiciona en razón de ese mismo estar en minoría. Quien quiere ser reconocido en minoría lo es en base a una serie de características grupales diferentes a la mayoría, y quiere ser respetado en su derecho a mantenerlas como signo identitario de su comunidad; más o menos lo mismo a lo que aspiran y se afanan las mayorías.

En segundo lugar, una minoría que aspira a preservar determinadas características como un derecho, debe plantearlo con voluntad y aspiración a ser reconocido como tal derecho. Y para ello necesita de una seguridad jurídica en forma de documento político para no estar al albur de cualquier acontecimiento que haga peligrar el respeto a esos derechos de la minoría en cuestión por no tener fuerza vinculante ninguna.

A estos dos elementos, debemos añadir un tercero: el Estado como marco general de todo aquello que quiera ser reconocido con fuerza vinculante legal, por tanto, con expectativas de generar resultados a favor de las minorías. El peso del Estado es brutal en cuanto marca con fuerza el elemento identitario. Sin el marco del Estado, no hay marco jurídico con sustrato jurídico internacional al cual agarrarse para legitimar derechos como sujeto activo de los mismos. Sólo el Estado es el sujeto de los derechos comunitarios porque así lo establece el actual contexto internacional.

Un último elemento recorre a todos los anteriores: el factor económico. Los intereses económicos juegan un papel importante en la fragilidad real de los derechos de muchas minorías. Esto es aún más evidente en América Latina por la importancia de los recursos naturales frente a la codicia económica colonialista del Estado nación de turno.

Sobre estos mimbres, en Europa también existen minorías importantes con problemas frente a los que siempre se encuentra el Estado de turno. Problemas lingüísticos, culturales y sobre todo nacionales de reconocimiento de una identidad política desde su conciencia como sentido de pertenencia. Lugares como Moldavia, Ucrania o los Balcanes; así perviven pequeños pueblos nación como el flamenco, el vasco o el catalán y grandes naciones poliédricas como Suiza, pese a la variedad de sus idiomas, o Alemania. Todos mantienen sus señas de identidad por la firme voluntad de permanecer unidos.

Es curioso que España no reconozca la existencia de minorías, cuando ha creado las principales minorías indígenas en Latinoamérica, con la carga de leña que ha supuesto para ellas. Ni tampoco permite que los representantes electos se expresen en otra lengua que no sea el castellano en instituciones como el Congreso y el Senado, o el Parlamento Europeo.

A principios de la Edad Moderna y en nombre de España, se impuso una rígida homogeneización étnica, religiosa y cultural. Después de expulsar a las dos minorías más importantes, los judíos (1492) y los moriscos desterrados por Felipe II en 1609. Ahora las minorías emergentes son fruto de la inmigración en contraste con la minoría étnica tradicional de los gitanos, que aparecieron al final de la Edad Media; y los vascos y catalanes, que son todo un clásico en sus reivindicaciones nacionales.

La protección jurídico internacional de las minorías europeas se inicia en 1648, cuando el problema indígena está en su apogeo. Desde el origen de todo, es decir, desde la colonización impuesta tras el descubrimiento de América, al indígena se le ha considerado infra-persona. La relación hombre blanco (criollo)-indígena es racista: el indígena es objeto, un ser sin dignidad, alguien a quien se puede esclavizar y al que se le puede desposeer de su tierra sin mayores problemas de conciencia hasta el punto de que el criollo la considera de su propiedad a todos los efectos, desde siempre. En ultramar fue donde realmente nació el racismo como ideología y como categoría mental de la modernidad fruto de su actividad colonialista. Pensadores de prestigio como J. Locke justificarían la clasificación racial del trabajo y la negación del derecho a la tierra del indígena excepto para su cultivo; o como Adam Smith, que opinaba que el occidental era sujeto de derechos sobre el indígena poniendo la ética al servicio del mercado en manos criollas.

En Europa, hoy es el día en que muchos movimientos organizados defienden los derechos de las minorías, aunque como voz en el desierto. En cambio, desde fray Bartolomé de las Casas, no han sido muchos los que han alzado la voz o se han volcado en ayudar a los sufridores indígenas, aparte del movimiento de la Teología de la Liberación. Locke y Smith fueron justificados por la Historia. Mientras tanto, las minorías en Europa no encuentran manilla a la que asirse en la despersonalizada Unión Europea, que niega incluso la posibilidad de expresarse en las lenguas vernáculas. ¿Por miedo al diferente o son tics de autoritarismo? Que juzguen los lectores.

Gabriel Mª Otalora en Diario de Noticias de Navarra

febrero 11, 2010 - Posted by | Gabriel Mª Otalora | , , , , ,

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