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La cuadrilla de aprendices

Todo el mundo está asustado, menos el Gobierno. El Gobierno mira la bolsa y sonríe, porque volverá a subir. El Gobierno observa su propia caída y se queda tranquilo, porque tiene fuerzas para continuar. El Gobierno oye las preguntas de adónde vamos y no se conmueve, porque considera que sigue manejando el timón. El Gobierno advierte la explosión de la desconfianza, pero asegura que no permitirá que se dude de la fortaleza de España. El Gobierno tiene “muy clara la ruta para salir de esta situación”, dijo ayer De la Vega. El Gobierno, definitivamente, ha consagrado la existencia de dos verdades: la suya, sedante, y la que perciben los mercados, los analistas y la opinión; la que percibimos todos los que estamos equivocados.

No se lo reprochemos. En medio de tanto pesimismo, que el jueves se aproximó al pánico, es preciso que alguien levante una bandera de esperanza. Si no lo hiciera, el país estaría postrado en su propia negación. Lo preocupante es que el Gobierno se lo crea; que piense, efectivamente, que va por el buen camino, tiene el control de la situación y, por tanto, no necesita moverse. Yno es eso. Esta fue la semana en que la crisis general del país se ha convertido en crisis de gobernación. De su gobernación. Se han dado todas las circunstancias para que resultara creíble la opción de una moción de censura, algo que no había ocurrido en sus seis años de mandato.

El señor Zapatero debe meditar qué significa este detalle: que desde mediados de enero lo único que mereció algún aprecio ha sido, sorprendentemente, su oración de Washington. El resto se pareció al desastre. Su proclamación de España como “país serio” no fue creída en los mercados. Su propuesta de ahorrar 50.000 millones dio idea del inmenso agujero de las cuentas del Estado. El paro demuestra las debilidades del tejido empresarial. Las propuestas de jubilación son acertadas; pero con fallos de presentación que justificaron el calificativo de Toxo: “Una cuadrilla de aprendices”. Injusto, pero tenía lógica, ver a España como un país en bancarrota dirigido por un equipo de torpes.

Zapatero, aunque su portavoz disimule, tiene que decidir qué hace. No tiene por qué llegar a la decisión traumática de adelantar elecciones. No tiene por qué hacer caso a esos gritos de “Zapatero, dimisión” que se oyen en los mítines de Rajoy. Tampoco urge cambiar de equipo. Pero sí debe hacer una reflexión: si el problema financiero de España es la confianza en su solvencia; si el Gobierno sufre un inquietante déficit de proyecto coherente; si el empresario carece de un marco de garantías para invertir; si se transmite la impresión de que se actúa por impulsos, el camino está claro: Zapatero debe agrupar y ordenar sus ideas, convertirlas en programa para dos años y presentarlas al país. Si son tan sólidas como dicen sus ministros, tendrá el aplauso de la sociedad. Lo que no puede pedir es que se aplauda lo visto esta semana: la torpeza, la duda, la incertidumbre y ese persistente olor a improvisación.

El sótano
El día que los ministros investiguen lo que tienen oculto en sus departamentos se podrá escribir una apasionante novela sobre el camuflaje oficial: cientos y miles de funcionarios – ¡incluso empresas!-cuyo trabajo consiste en que nadie sepa que existen y no los descubran. Les llega la nómina puntual y nadie pide explicaciones. Es la administración clandestina, el auténtico sótano de la administración.

Los ingenieros
Creo que no debo decir aún cuál es el ministerio. Pero en uno hay una de esas empresas. ¿Saben cuántos ingenieros tiene en plantilla? Créanme: tres mil. Se lo pongo en número: 3.000 ingenieros en una pequeña empresa estatal, se supone que con sueldo de ingeniero. Nadie ha visto tal concentración de talento y titulación. Menos mal que no tienen, supongo, el convenio de los controladores que Blanco acaba de fulminar.

Socialistas
¡Qué solos se quedan los socialistas veteranos! Llegó la generación Leire, y los de siempre están descolocados. Tras el último comité federal, este cronista oyó los cantos habituales: qué bien estuvo José Luis; qué mala comunicación tenemos, o qué callados están los críticos. Y una sorprendente confesión: “No parecía mi partido; no conocía a la mitad”. Debe de ser la revolución silenciosa, porque no hubo noticia de tanto relevo.

Fernando Ónega en La Vanguardia

febrero 8, 2010 - Posted by | Fernando Ónega | , , , , , ,

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