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Partidos, militantes y votantes. ¿Separación o divorcio? (y 2)

Comentábamos en el anterior capítulo la separación entre votantes, militantes y partidos, y esta separación aparece claramente en el ámbito de la gestión de las “identidades” nacionales. La larga campaña socialista de acabar con la preponderancia del “debate identitario” para luego en el gobierno dedicarse más al efectismo de cambiar simbología que a los problemas reales es el mejor ejemplo del divorcio ciudadanía-gobierno.

En el ámbito del nacionalismo, si se quiere saber qué es lo que realmente opinan los votantes sobre las prioridades políticas, tienen en los datos del euskobarómetro información suficiente para el análisis. Resulta por ello necesario destacar que el último Euskobarometro recoge además del rechazo mayoritario 71% del Gobierno de Patxi Lopez, el siguiente dato:

La compatibilidad de identidades vasca y española refuerza su mayoría, con un claro acento vasquista

Con una incremento semestral de seis puntos, una mayoría de casi dos de cada tres vascos (64 %) mantienen la compatibilidad de identidades vasca y española, si bien con el ya conocido predominio del sentimiento vasquista (24 %), muy superior, en todo caso, al españolista (3 %). Por otra parte, el españolismo extremo se mantiene en un reducido 4 %, mientras que el exclusivismo vasquista es la identidad expresada por algo más de uno de cada cuatro vascos (29 %), después de un ligero retroceso semestral de cinco puntos (ver Gráfico 19 ).

No nos debemos dejar llevar por el lenguaje del titular (“refuerza su mayoría”), pues aunque los datos son los datos, la redacción refleja la ideología del redactor del estudio, que todos sabemos cuál es. Tampoco una variación semestral aislada, pues siempre hay oscilaciones, lo importante es ver las magnitudes del sentimiento identitario. Vemos que una mayoría (sea del 64% o menor) mantiene una identidad española, aunque sea minoritaria frente a la vasca (más vasco que español 24%, tan vasco como español 37%). De lo que cabe deducir que debe haber muchas personas con identidad española entre los votantes de los partidos nacionalistas. Prosigamos:

La compatibilidad de identidades de los que se sienten vascos y españoles oscila entre el 8 % de los votantes de la izquierda abertzale y el 87% de los socialistas (pasando por el 45 % de EA, el 33 % de Aralar, el 60 % del PNV, el 60 % del PP y el 76 % de EB), si bien con acento claramente vasquista entre los nacionalistas y españolista entre los votantes del PP. El exclusivismo de los que se sienten solo vascos homogeneiza al electorado de la izquierda abertzale (89 %) y es mayoritario entre los votantes de EA (50 %), Aralar (61 %) y, en menor medida, del PNV (38 %), en tanto que el exclusivismo españolista aglutina a sectores muy minoritarios, tanto del PP (39 %) como del PSE-EE (7 %). Lo más significativo, con todo, sigue siendo la fragmentación identitaria de los electorados nacionalistas y, muy especialmente, del PNV.

Aunque el Euskobarómetro no puede perder la ocasión de meterle alguna dentellada al PNV, es evidente que la homogeneidad ideológica es mucho más fácil de conseguir en los partidos pequeños o situados en los extremos (MLNV-PP). En el caso del PNV, la compatibilidad vasco-española del 60% se reparte entre el 34% “más vasco que español” y el 26% “tan vasco como español”. Una realidad que sorprenderá especialmente a los militantes más aguerridos. Aunque no existen datos sobre los militantes del nacionalismo, es de esperar que la militancia ofrezca cifras de compatibilidad vasco-española mucho menores. El cuestión es, ¿qué política sería conveniente que los militantes pidieran a su partido si sociológicamente su electorado es mucho más heterogéneo del que le gustaría?

Desde el punto de vista del nacionalismo histórico, negar el principio de realidad sociológica no puede conseguir ningún avance del proyecto nacionalista. Una amplia base electoral vota nacionalismo simplemente porque “son más de fiar”, “gestionan mejor”, porque es el único que “defiende los intereses vascos”. Nos puede parecer bien o mal, pero simplemente es así y hay que saber gestionarlo, y el que crea que todos los votantes del PNV van a votar que sí a la independencia pasado mañana si no hay argumentos más sólidos que el de la agitación identitaria, tiene el fracaso a la vuelta de la esquina.

Tampoco es que esta situación sea nueva; desde que el nacionalismo dejó de ser el partido marginal y minoritario de sus comienzos y consiguió sus primeros grandes éxitos electorales (allá por 1917), su plural base de votantes no ha impedido que en pocos años fue capaz de crear un proyecto común más allá de todos ellos, para todo el País, culminando el hito de crear “Euzkadi” como realidad política en 1936. Ya pocos dudan de que aquella apuesta, muy discutida internamente por quienes se erigían como guardianes de la ortodoxia,  por la primera piedra de la nación política vasca fue la clave para que hoy tengamos un autogobierno ampliamente aceptado por todos los ciudadanos vascos, independientemente de su identidad nacional. La pregunta es, aquí y ahora, ¿cuál puede el siguiente paso para la “nación política vasca compartida” que satisfaga a la heterogeneidad de los votantes del PNV y a todo el País?

¿Es en estas circunstancias el polo soberanista lo que va movilizar a los votantes del PNV? Porque el polo soberanista, tarde o temprano, de una manera u otra, se va a configurar y esto será positivo para el País, como bueno es que no se haya invitado a formar parte de él al nacionalismo histórico. Es positivo que el espacio electoral atomizado se vaya cohesionando 4 grandes grupos: PNV-H1, PP, PSOE  y finalmente una “izquierda abertzale”, que no lo va liderar EA aunque sirva inicialmente de cascarón, ni la formación de “abertzales de izquierda” que representaría Aralar.

Vistos los datos sobre las identidades nacionales resultaría una aventura mortal pretender competir en la “radicalidad” con dicho polo. El nacionalismo histórico se ha caracterizado siempre por agrupar a una masa heterogenea de gentes con un denominador común: la creencia en la necesidad de articular una nación política vasca que goce de las mayores cotas de autogobierno para que se traduzca en mayor bienestar. Y frente a esta masa heterogenea de gentes ha sabido adoptar la siguiente estrategia común: la exploración del posibilismo en todas su vertientes  para poder ofrecerles un modelo de gobernanza desde las instituciones que garantice ese bienestar social y prosperidad económica. Una prosperidad que provoque la adhesión voluntaria a los símbolos que representan a Euskadi, para que la sientan aún más como su patria sin entrar explícitamente en el tema de las incompatibilidades.

La seña del nacionalismo histórico es el posibilismo, su mejor aval es poder presumir de haber conseguido multitud de logros en el pasado lejano y reciente. El nacionalismo es un movimiento conseguidor porque lo palpable no es ilusión para hoy y desilusión para mañana, es un campamento base sólido. Ante el incumplimiento estatutario, el proyecto del nacionalismo debe obligar a su cumplimiento primero, para seguidamente hacer una nueva apuesta-pacto con garantías jurídicas de cumplimiento. Y debe volver a acertar porque las naciones pequeñas no tienen el lujo de poder equivocarse. Las naciones pequeñas que se equivocan, simplemente, desaparecen.

Hay volver a incrementar nuestro autogobierno hasta una nueva cota que sea respaldada por una amplia mayoría social, siempre desde la visión de ser un autogobierno positivo para todos, independientemente de la adscripción nacional, para que los que hoy no estén convencidos de ello, mañana sean los primeros en defenderlo, igual que con el Estatuto del 36 y el del 78. Y es posible que ese nuevo nivel autogobierno compartido por todos los vascos, esa “relación amable entre Euskadi y España para una nueva generación” en palabras de Ibarretxe, pueda situarse en una situación donde la bilateralidad del ámbito económico se traslade al ámbito político, donde el sujeto “Euskadi” pase de la autonomía a la cosoberanía. Por supuesto, dejando claro como lo hemos hecho desde el primer estatuto, el de 1931, en nuestra tradición de Pactismo Mayor:  “este Estatuto no supone renuncia a la integración foral plena”.

Renunciar al autogobierno pleno, como pretenden algunos desde instancias españolas con el argumento de “civilizarnos”, no sólo sería un tremendo error, sería dejar de ser el nacionalismo histórico, máxime cuando desde instancias españolas no han renunciado a incumplir pacto tras pacto. Pero sería también otro tremendo error afirmarse en una única estrategia que tuviera solo eso como objetivo a corto plazo, porque el nacionalismo institucional no debe alejarse del gobierno de las instituciones. Para la acción anti-sistema ya está el polo y para gobernar las instituciones lo que hace falta son número de votos, siendo la tarea de los militantes ejercer de enlaces, de antenas de las inquietudes de la sociedad y ayudar a convencer a los votantes sobre la conveniencia del proyecto del nacionalismo.

Es evidente que visto el desapego de la ciudadanía por los partidos y la política en general, vistos los tiempos del individualismo, de la política a base de propaganda de los mass-media y de los problemas económicos, hace tiempo que las preocupaciones de los militantes no se corresponden fielmente con las de los votantes. Se equivoca quien piensa que debe elegir entre unos u otros, pues sólo un trabajo activo militante de convencimiento, en permanente contacto con la sociedad, puede llevar a  apoyos electorales que posibiliten ir incrementando el autogobierno hacia los objetivos de plena capacidad de decisión.

Ante las evidencias de desapego político se hace necesaria una reflexión estratégica y un decidido liderazgo, electoral tanto en ámbitos rurales como urbanos, e ideológico en el ámbito interno y externo, pues el reto 2011-2013 está a la vuelta de la esquina y desde la centralidad debe comenzar la trayectoria ascendente que nos devuelva al gobierno. Que es desde donde los grandes partidos realizan aún mayores logros.

Ion Gaztañaga e Iñigo Lizari en Aberriberri.

enero 25, 2010 - Posted by | Iñigo Lizari, Ion Gaztañaga | , , , ,

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