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Partidos, militantes y votantes. ¿Separación o divorcio? (1)

Las últimas encuestas, tanto del  Eusko-barómetro como las realizadas por las Diputaciones, indican que el distanciamiento entre los ciudadanos y los partidos se está acrecentando y es evidente que las razones del desapego son variadas, pero viendo el ambiente político reinante, no son nada sorprendentes.

En algún lugar entre la distancia que separa a los partidos y los votantes, se encuentran los militantes, viviendo su militancia en grados muy diversos. Algunos, seguramente la mayoría en el momento actual de desapego político, se encuentran alejados de la vida interna de los partidos en los que se encuentran afiliados. mientras otros, viven intensamente su militancia, dedicándole mucho tiempo desinteresado.

Sabemos que los partidos pueden convertirse en maquinarias que llegan a ignorar totalmente la voluntad de los votantes (especialmente después de las elecciones) y de los propios militantes. De la misma forma que algunas de las multinacionales más grandes están viviendo “una dictadura de los directivos”, cuando la masa accionarial está tan diluida que resulta imposible articular una alternativa al poder establecido (y los directivos campan a sus anchas bonus incluídos aunque la empresa esté en pérdidas), los partidos pueden funcionar en una endogamia orgánica. Tenemos el ejemplo de un amago de democratización de la elección de candidatos en el PSOE, con Almunia derrotado por la base ante Borrell, se resolvió al final con la marginación de este último y la imposición de la altenativa “oficial”. El “frente del cambio” que actualmente dirige la CAPV es otra muestra de desconexión entre votantes, militantes y dirigentes de partidos. Ni los votantes socialistas, ni siquiera los militantes, tal y como sucedió en Nafarroa, han podido hacer nada ante un pacto decidido por sus dirigentes.

Un dirigente político, especialmente en partidos con militancia activa, tiene la dificultad y responsabilidad de nadar entre tres aguas bien distintas. La primera, formada por los militantes más activos, interesados y desinteresados, que quieren mantener esa “esencia” que durante tantos años han defendido, generalmente con unas formas más “activas” y plazos más apretados que los razonablemente política y electoralmente posibles. La segunda, la porción no activa de la militancia, que desencantada por variadas e incluso contradictorias razones (unos porque consideran insuficiente la acción, otros por considerarla excesiva) cuya no-participación es causante de la relación de fuerzas del momento dentro del partido.

La tercera, por si aún fuera sencilla la cosa, es la gran masa de votantes que generalmente no comparten el aguerrido instinto de la militancia activa, más aún en estos tiempos de desencanto y también de acomodación, de relajamiento de ideologías y de la preocupación del día a día. Unos votantes cansados de teatros y titulares diarios en prensa, televisión y radio. Les asedia el paro, la enfermedad, la guardería del niño, y otras preocupaciones que, en una época lejana ya del fin de franquismo, eclipsa casi totalmente su interés por la “macropolítica”. Y sin embargo, son los votantes los que aupan un partido al poder, salvo carambolas de última hora.

El dirigente político se encuentra ante la disyuntiva de que la militancia exige un tipo de política de gobierno u oposición que no quiere el electorado. Que para seguir siendo líder del partido tiene que satisfacer a la militancia activa aunque eso le haga perder posiciones electorales, pero que para poder tener acercarse a la sociología electoral tiene que desgastar su liderazgo interno. Hemos tenido muchos ejemplos de esta paradoja en el nacionalismo, con un partido como EA, que bajo la presión de la militancia activa ha llevado a cabo una política que le ha llevado al resultados electorales críticos y con el PNV, que primero ha tenido que sacrificar a su máximo dirigente porque la moderación que la sociología electoral requería llevaba a una fractura interna irremediable, para después perder a su máximo dirigente institucional por la situación electoral.

No faltan los amantes de las medidas drásticas que exigen “poner orden en la casa”. Sin embargo esto supondría tener que admitir que la casa se halla desordenada, y lo que hay en la casa de todos los militantes no es un problema de desorden, sino un problema de sintonía con el electorado y viceversa. Una falta de sintonía principalmente no en las ideas generales sino en las prioridades. Una situación de “separación” que lejos de poder resolverse “imponiendo” la autoridad, debe resolverse “ganando” esa autoridad con la toma de una serie de decisiones que se inserten en una misma línea de decisiones tomadas en el pasado en momentos críticos como en la incepción del estatuto. Se trata, tomando prestadas las palabras que citaba un político en una conferencia en la universidad de Deusto, de “volver a acertar”.

Mentiríamos si negáramos que muchos partidos sufren una división interna grave. El PSE después del fracaso del 2001 vivió su propia marea. El propio PP sigue en guerras intestinas que se reflejan un pulsos constantes. Qué decir de EA, de Ezker Batua, con escisiones recientes. La dialéctica interna se ve ampliada si la estructura interna del partido dibuja una bicefalia entre al partido y el gobierno, especialmente si sufre una alteración de la función estructural, una “bicefalia invertida”. Cuando el jefe institucional actúa más como líder del partido y arenga a las bases y el responsable del partido debe adoptar el papel de moderación institucional, la separación entre la militancia y el dirigente del partido y la separación entre el votante y el dirigente institucional, crece irremediablemente.

Incluso en partidos donde el secretario general es el presidente del gobierno, el partido puede convertirse en un “problema” para el dirigente institucional, que procurará rodearse de asesores procedentes incluso de culturas políticas ajenas a las su partido para crear un gobierno que funcione como un “partido paralelo”. Conocemos los casos de gobiernos socialistas con un asesoramiento ideológico de sectores lejanos del socialismo como liberales y altos cargos de la gran banca. Lo mismo podemos decir de los gobiernos nacionalistas con asesores procedentes del socialismo vasco, o de sectores provenientes de la izquierda abertzale o sus aledaños, según la época vivida. La lucha entre el partido y el “partido paralelo” termina agotar las energías necesarias para un proyecto político exitoso.

El dirigente institucional puede convertirse en un problema para el partido, pues aparece el síndrome de infalibilidad de los largos años en el poder, y el partido intentará apartarse del mismo porque teme una pérdida electoral. Ahí están los casos de Bush para el partido repúblicano o de Blair con el partido laborista. O quizás Zapatero para el PSOE para las próximas elecciones. En el caso del nacionalismo, hemos tenido una figura como la del lehendakari que ha sido proyectada como el presidente virtual de un tripartito que tenia su particular consejo político al margen del propio partido jeltzale.

La “separación” partido-militancia-votante deja atrás a los retirados por voluntad propia ante la posibilidad de una fractura irremediable, a los retirados por desalojo del gobierno, e incluso a los que se resisten a ser retirados y pasean por Alsasua. Combinado con el cansancio en el poder y la trampa electoral, la “separación” puede haber contribuido a llevar al nacionalismo a una situación de pérdida de gobierno, con situaciones inéditas de peligro para las elecciones forales en gipuzkoa (qué decir de Araba), el peligro de desalojo en Bilbao o la impotencia en Gasteiz y Donostia. Pues el nacionalismo ha forjado en muchas ocasiones su primacía por el tirón del candidato y ha asumido que eso equivaldría a un trasvase de tirón al partido. Cuerda fue alcalde de Vitoria desde 1979 a 1999, primero por el PNV para luego ganarlo con EA, volviendo posteriormente en 1990, al PNV. Una vez acabado el “cuerdismo”, se ha visto que dicho trasvase “candidato-partido” no ha cuajado.

No cabe duda de que la separación conceptual entre la macropolítica (los proyectos como el de las modificaciones del marco legal) y la gestión del día a día abunda en la separación militancia-votantes. Nadie en Escocia piensa que la independencia vaya a ganarse por una cuestión de identidad sino de conveniencia económica, de mejora de las condiciones del día a día. La creencia de que una anticipación de los objetivos finalistas ayudan a su consecución pueden provocar precisamente lo contrario de lo que se busca. Así las cosas, por poner un ejemplo, en estos momentos nos jugamos en el cercano futuro la implantación modelo D, la propia concepción del Estatuto y de los instrumentos de autogobierno como la de las políticas de empleo, una involución de lo avanzado y es complicado discernir para el militante entre lo que pide el corazón y lo que dicta la cabeza, pues ahí está el anzuelo de una acumulación de fuerzas lideradas por aquellos cuyo objetivo es precisamente superar al nacionalismo institucional como referente.

La propia realidad del Euskobarómetro (del que hablaremos en el siguiente capítulo) ha venido a desanimar a aquellos defensores del frente PP-PSOE, que ante su política identitaria de banderas, carteles y mapas del tiempo se ha encontrado con un amplio rechazo. Y no sólo el social-populismo gobernante, pues la realidad sociológica nos muestra una radiografía de los votantes nacionalistas muy diferente a la de los militantes. Gestionar esta divergencia es sin duda el gran reto del nacionalismo, pues si la “separación” sigue su curso, puede ocurrir un “divorcio” que produce un partido doctrinalmente homogéneo, pero electoralmente minoritario. La huida hacia delante del gabinete López, asumiendo la doctrina Aznar de que “los vascos no están maduros” y achacando el rechazo a problemas de comunicación es un ejemplo claro de separación camino del divorcio. Porque, al igual que gobiernos, los partidos que actúan contra las urnas mueren en las urnas.

(Continuará…)

Ion Gaztañaga e Iñigo Lizari en Aberriberri.

enero 25, 2010 - Posted by | Iñigo Lizari, Ion Gaztañaga | , , , , , , , , , ,

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