Nabaizaleok / Iritzia

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Haití

HOY resulta imposible no hablar de la catástrofe de Haití, es decir, acerca de las informaciones que recibimos de allí y desde el impacto que nos producen las imágenes que ofrecen los informativos. Nos conmueven. No puede ser de otra manera. El público se vuelca en las ayudas y los gobernantes hacen gestos, ofrecen dinero, personal sanitario, aviones, soldados, muchos soldados, y nunca es el momento de preguntar adónde va exactamente ese dinero, por qué manos pasa, y cuánto, exactamente cuánto, llega a los damnificados. Basten por el momento los gestos de solidaridad, de generosidad y de piedad. No sabemos qué pasa a pie de saco, es decir, en la cola donde se reparte la comida, cuando se reparte y cómo. En cambio, vemos con horror cómo los cadáveres se amontonan, cómo los rescatados salen de entre los escombros y cómo los rescatadores andan por encima de los edificios derruidos con sus perros. A veces, vemos también o escuchamos que hay disturbios graves provocados por la desesperación: “saqueadores siembran el terror armados con machetes”. Las cifras astronómicas que se barajan en las primeras planas no se corresponden con lo que sucede a pie de calle. La ayuda tarda en llegar, pero ya hemos dado, ya no podemos hacer más, la tragedia sigue donde está, lejos, ya podemos pasar la página o la misma vida la pasa por nosotros. Los testimonios menos optimistas de los enviados especiales no dejan lugar a dudas: el desastre es completo, con o sin ayuda humanitaria internacional de por medio que no impide, por el momento, que siga muriendo la gente bajo los escombros, en una muerte lenta que nos sobrecoge.

Y de Haití, ¿qué sabíamos? No mucho, la verdad, yo al menos no sabía nada que valiera la pena, nada que no se pueda encontrar en Internet, en el caso, improbable, de que tuviésemos alguna curiosidad por saber qué era aquello: la patria de los Tontons Macoutes, una pobreza endémica, la mayor mortalidad infantil de América y una de las mayores del mundo, violencia a raudales, tribalismo político también endémico, vudú, corrupción generalizada y presencia de fuerzas extranjeras para mantener el orden o lo que sea menester. Sobre ese légamo que no parece tener arreglo, diga lo que diga la ONU, saltan de manera más rotunda las cifras sobrecogedoras de decenas de miles de muertos, algo que es difícil de representarse y de valorar en su certeza sin recurrir a grandes discursos, y que no tiene nada que ver ni con la política ni con los haitianos, sino con las entrañas de la tierra, más imprevisibles de lo que parece o cuando menos impredecibles. Eso sí, unos lugares son más sensibles que otros, no ya a padecer seísmos, sino a sus efectos. Hasta que todo sea pasado, un ayer cada vez más lejano, y esté visto, demasiado visto, salvo para los interesados, los sobrevivientes, que se quedan solos con sus ruinas, sus afanes, su miseria y su presencia internacional que garantice lo que diga la ONU que hay que garantizar.

En este clima de asombro sobrecogido, el obispo Munilla, convertido en una trinchera política desde el momento mismo de su nombramiento, por causa de éste y de quienes le defienden para atacar al nacionalismo vasco desde unas posiciones que utilizan la religión como munición política, y por cuenta de quienes no le quieren casi diría que por lo mismo, el obispo Munilla, decía, hizo unas declaraciones de las que tuvo que desdecirse y aclarar que él no había dicho lo que sí dijo, que las cuestiones de empobrecimiento espiritual de la ciudadanía, asunto que sólo le compete en la medida en que se refiera sólo y exclusivamente a sus feligreses, eran más relevantes que la catástrofe de Haití. No estaba allí y ni siquiera me fío de las grabaciones parciales, así que no sé lo que dijo o dejó de decir. Sólo sé que el estado de la trinchera es éste: Munilla representa, y así viene explotado, al nacionalismo español, al constitucionalismo y a la sociedad de los ciudadanos. Amén. El clero guipuzcoano, por contra, representa el perverso nacionalismo vasco y sus excesos, ese que ha sustituido a Dios por la Patria, según hemos tenido ocasión de leer. Amén también, para que el primero no esté tan solo.

Munilla, por ser obispo, no tiene toda la razón en nada que concierna a la vida civil, su palabra no es dogma de fe. Sí sus declaraciones fueron como se dice y como se han publicado grabadas, son como mínimo desafortunadas y poco oportunas, incluso para sus propios intereses, porque han servido de munición para deteriorar su imagen, en medios del País Vasco y en Madrid. Distorsión y manipulación, dice el obispo, pero aquí, cuatro y cinco días después del rifirrafe mediático, lo que cuenta es la cifra de muertos de Haití, más que los problemas que pueda tener el obispo con el clero guipuzcoano, o éste con él, que, en comparación, resultan irrelevantes, lujos de una sociedad a salvo de grandes hecatombes.

Eso sí, una regla de oro es que las cosas que hemos dicho, son erróneas o nos perjudican, si nos las repican “están sacadas fuera de contexto”. Todo está sacado fuera de contexto. El temblor de tierra de Haití, también. En nuestro “contexto” no entran las catástrofes naturales o muy poco.

En los primeros momentos la oficina de información diplomática de Exteriores informó de que a los españoles de Haití no les pasaba nada. Todo bajo control. Satisfacción general. Les pasa, claro que les pasa, ¿por qué esas informaciones desinformadas? ¿Cuál es su objetivo? No me invento nada. Está en las hemerotecas informáticas, si no lo han borrado. También éstos han tenido que desdecirse o la información de los hechos reales lo ha hecho por ellos. No causar alarma social es un objetivo, salvo cuando el provocarla sea un objetivo o un instrumento político. Aparece según y cómo, según convenga. Entretanto, cualquier ayuda que se les preste en mano a los haitianos es poca.

Miguel Sanchez-Ostiz.

enero 18, 2010 - Posted by | Miguel Sánchez-Ostiz | , , , ,

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