Nabaizaleok / Iritzia

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Quai d’Orsay.

¿Qué espera Francia del semestre español? Que coloque a Van Rompuy en el centro de la foto.

El suelo cruje en los pasadizos del Quai d’Orsay con la música acogedora y misteriosa que suele teclear el entarimado de las casas antiguas. Sucede en Europa. En la vieja Europa. En París. Esa seca melodía sólo se oye de los Pirineos para arriba, donde la tensión con el invierno siempre ha sido un acontecimiento radical.

Crujen las viejas tablas del Quai d’Orsay, dilatadas por el paso del tiempo y el calor benéfico de una calefacción sin concesiones a los acuerdos de Kioto y a los desacuerdos de Copenhague. Europa es, ante todo, una buena calefacción. Nieva en París y siempre envidiaremos sus inviernos. Esa contención. Ese sentido de la realidad. Ese temor de Dios, que nunca será del todo nuestro porque la verdadera civilización europea surge del miedo a la intemperie. Hambre, guerra y frío. El europeo del norte, el europeo genuino, jamás dejará de oír una voz interior advirtiéndole de que todo se puede desmoronar entre diciembre y febrero. Aunque Castilla se vista de tundra y los niños catalanes canten muy tiernos villancicos al desembre congelat, los europeos del sur vivimos sin verdadero temor al gélido abismo. Entre nuestras pesadillas no figuran el Kremliny Gazprom cortando el gas de Siberia. Otros son los fantasmas. Yapuntan más al sur. A las puertas del desierto. El adversario sigiloso. El fanatismo. Y ese calor. Ese calor africano de todos los dieciocho de julio.

Divagaciones ociosas en una sala de espera del Quai d’Orsay mientras la nieve cae sobre París. Las tablas crujen, la calefacción mantiene a raya al general invierno y los infinitos corredores del segundo cuerpo diplomático del mundo (16.000 personas a su servicio) tejen la visión francesa del mundo. Una lógica cartesiana que cada día, a las doce en punto, enuncia una idea. Los norteamericanos vigilan el planeta. Los británicos velan por su manual de uso. Y los franceses lo piensan. Cada mediodía, la oficina del porte parole del Ministerio de Asuntos Exteriores, hoy comandada por el vivaz embajador Bernard Valero, ex cónsul general en Barcelona, aporta una idea interesante, en orgullosa competición con Ian Kelly, portavoz del Departamento de Estado (18.900 empleados), y Tony Mather, jefe de información del Foreign Office (14.900 servidores de Su Majestad).

Francia es una idea del mundo. Es un programa escolar único. Un idioma elegante; el más elegante. Es París. Es la República. Es un Estado nacional que pasó por la guillotina a los federales girondinos y ridiculizó en la escuela a los niños que hablaban occitano y bretón. (Atención, nostálgicos del uniformismo español, el truco era ese: ridiculizar y sofocar con una buena administración. Franco, el Africano, se cargó por los siglos de los siglos la remota posibilidad de una España jacobina). Francia es una unidad de destino en lo cartesiano. Cincuenta y ocho reactores nucleares que venden electricidad a casi toda Europa y al norte de África. Cuatro submarinos atómicos. El portaaviones Charles De Gaulle. El amor a la lógica. Una Iglesia católica inteligente (que sabe influir sin la ortopedia del Estado). La pedantería de sus intelectuales. Y por encima de todo, el orgullo de poseer y exhibir tantos atributos.

¿Qué espera Francia del inminente semestre europeo español? “Esperamos, sobre todo, que Europa deje de vivir obsesionada por sus mecanismos institucionales y se dedique a tomar decisiones que la gente aprecie y comprenda”, responde Pierre Lellouche, secretario de Estados para Asuntos Europeos, con categoría de ministro. Nacido en Túnez, hijo de un artesano judío, el señor Lellouche es un francés imperativo, que matiza el obligado exhibicionismo intelectual parisino con un retraimiento árabe. Habla al modo bonapartista, dibuja el mundo según los intereses de Francia y luego se recluye en su medina.

En el Quai d’Orsay todo son palabras amables para “nuestros buenos amigos españoles”. Fracasado el experimento aznariano de transformar España en una segunda Gran Bretaña, en acerada tensión con París y Berlín, el engranaje neobonapartista funciona y fluye. Francia piensa el mundo y España le secunda, con fatigosa eficacia, buena voluntad y notable autonomía de vuelo en Latinoamérica.

(¿Qué espera realmente el Quai d’Orsay de José Luis Rodríguez Zapatero en los próximos seis meses? Sobre todo, una cosa: que ayude a Herman Van Rompuy y a lady Catherine Ashtona ponerse en pie al frente de la nueva nomenklatura europea. Que les ceda protagonismo en la foto. Así se hará).

Enric Juliana.

diciembre 27, 2009 - Posted by | Enric Juliana | , , ,

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