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De Espriu a Macià

Catalunya ha contribuido más que nadie a modernizar España, pero ha fracasado en el intento de modificar la base de la cultura política que informa la mentalidad colectiva de los españoles.

Si, como asegura Jordi Pujol, Catalunya hizo la transición democrática bajo el signo del ideal ibérico de Sepharad, cantado por Salvador Espriu (“Diversos són els homes i diverses les parles, / i han convingut molts noms a un sol amor”), no cabe duda de que hoy estamos ya en otra onda, y desde hace mucho tiempo. En los últimos artículos que el ex presidente de la Generalitat publica en el boletín electrónico de su fundación, ha escrito que todo lo que representaba la apuesta política y moral que Espriu sintetizó bellamente “está muy a punto de irse al traste; con efectos graves para Catalunya, pero no sin consecuencias para toda España”. Pujol recuerda que Espriu afirmaba que Sepharad debe aprender a comprender y amar no sólo las lenguas, también las razones diversas de sus hijos.

Todo lo que Pujol hizo políticamente estuvo presidido por un imperativo previo a cualquier toma de posición ideológica, incluido su célebre fer país: evitar la repetición de los errores de los padres y abuelos, especialmente conjurar el fantasma de la guerra civil y la violencia desatada. En la Konilòsia del poeta Espriu, nunca más los hermanos deberán volver a empuñar las armas unos contra otros, el peor de los crímenes. La transición es, con sus luces y sombras, el éxito de esta apuesta. Para las últimas generaciones es difícil entenderlo, les quedan lejos algunas realidades que marcaron esa etapa, como el silencio, el miedo y la ignorancia creada por la dictadura. A los que andamos en la cuarentena nos toca hacer de puente entre los que eran adultos cuando la España de Espriu parecía posible y los jóvenes que hoy viven lo que Pujol denomina “el fracaso de Espriu”. Los primeros tienen derecho a defender sus logros y los segundos tienen derecho, también, a plantear otros horizontes y hacer nuevas preguntas.

Como es sabido, aunque menos recordado, Catalunya, que fue motor de la recuperación democrática, tuvo momentos de brillo espectacular en ese camino difícil (el retorno del president Tarradellas es una de esas páginas), pero no supo o no quiso aprovechar más a fondo el deshielo (consiguiendo, por ejemplo, un sistema de concierto económico). Que la España de Espriu no había cuajado lo descubrió muy pronto otro catalán importante, uno de los padres de la Constitución de 1978. Miquel Roca planteó “otra forma de hacer España” con la operación reformista, pero, en las elecciones generales de 1986, el electorado español dejó claro que no le interesaba esa propuesta. Pero no tenemos memoria: todavía hay quienes siguen buscando federalistas fuera de Catalunya.

El mensaje de Espriu no fecundó la nueva cultura política española pero, con optimismo y buena fe, se dio tiempo al tiempo. Demasiados casos confirman que Espriu empezó a fracasar, tal vez, mucho antes de que alguien tan importante como Pujol lo dijera en voz alta. ¿Acaso no fue un fracaso del legado simbólico de Espriu que, tras la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, el Rey se reuniera solemnemente con los partidos principales excepto con CiU y el PNV? Algunos no toparon con la dura realidad hasta mucho más adelante, por ejemplo, en septiembre de 1997, cuando silbaron y abuchearon a Raimon durante el concierto de homenaje a Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP asesinado por ETA. Aquel día tan triste, los versos de Espriu ya eran pura arqueología.

Catalunya ha contribuido más que nadie a modernizar España, pero ha fracasado en el intento de modificar la base de la cultura política que informa la mentalidad colectiva de los españoles. Lo que muchos ven sólo como un conflicto identitario es, sobre todo, un problema de profundización democrática. Un problema que sólo se vive como tal si uno tiene la ingenuidad de pensar que ser catalán (y no esconderlo) no será percibido como una manera anómala, deficiente y sospechosa de ser español.

Por eso no debería extrañar tanto que ahora aparezcan editoriales de diarios exigiendo respeto por un Estatut aprobado en referéndum o que se organicen consultas informales sobre la hipótesis independentista. Se equivocarán quienes crean que todo obedece únicamente a una moda o a un momento de enfado, aunque es obvio que ciertas actitudes agresivas y broncas del centralismo alimentan la movilización de parte de la sociedad catalana. Pero la clave esencial es el recambio generacional, que conlleva la alteración de las categorías de análisis dominantes en Catalunya durante los últimos treinta años. Como me dijo un joven político catalán, “ahora debemos intentarlo nosotros, asumiendo que también cometeremos errores, pero serán errores muy diferentes de los de aquellos que nos precedieron”. Se adivina, pues, una creciente –puede que irreversible– desconexión mental con respecto a Madrid.

En vez de Espriu, la gente más joven elige hoy otros iconos para inspirarse. Redescubre, por ejemplo, a un político singular y carismático como Francesc Macià, que de oficial del ejército pasó a líder del independentismo catalán y presidente de la primera Generalitat republicana. Espriu representa esa pedagogía pactista que nadie quiso atender, mientras Macià encarna la autoestima y la dignidad. Aunque puede que no estén tan lejos uno del otro. Macià podría haber dicho con Espriu: “Que sàpiga Sepharad que no podrem mai ser / si no som lliures”. Este 2009 se cumplen 150 años del nacimiento de Macià y pasado mañana se cumplirán 76 años de su muerte. El mito de l’Avi es muy atractivo cuando se trata de decir “basta”. Pero muchos olvidan que, al final, y tras proclamar la República catalana, también Macià no tuvo más remedio que echar agua al vino de su sueño y aceptar, con pragmatismo, la autonomía. ¿Seguirá siendo así de ahora en adelante?

Francesc-Marc Álvaro. La Vanguardia.

diciembre 23, 2009 - Posted by | Francesc-Marc Álvaro | , , , , , ,

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