Nabaizaleok / Iritzia

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Referéndum en Catalunya.

Lo harán sin marco legal, ni ayuda institucional, prácticamente como si fueran parias en su tierra

Con la perspectiva de los meses, resulta evidente que Arenys de Munt fue algo más que un pan con tomate de fin de semana. Probablemente nació como nacen muchos procesos sociales, con una buena dosis de improvisación e ingenuidad. Su eclosión, un tanto kumbayá, alimentó, además, las voces de la caverna, eternamente dispuestas a declarar el estado de sitio contra las huestes almogávares. Hay una España que acecha cualquier sobreactuación catalana para tocar las trompetas del Apocalipsis. Sólo hace falta repasar las barbaridades dichas a raíz del editorial sobre el Estatut –magistralmente parodiadas por Toni Soler en el Polònia–, para recordar que la Contrarreforma no ha abandonado los cerebros de algunos perseguidores de afrancesados. La España que odiaba a Jovellanos continúa odiando a los catalanes. Arenys de Munt, pues, corría el riesgo de ser un pintoresco foc de camp, cuya llamarada nutría el eterno fuego anticatalán. No ha sido así, y si algo ha demostrado es que el iceberg que latía bajo la capa de hielo era de grandes dimensiones. Arenys de Munt, pues, no fue la anécdota de un deseo independentista, fue el catalizador de un sentimiento latente y maduro. Es decir, y para sorpresa de algunos partidos, como la propia ERC, que aún tiene cara de susto, la ciudadanía estaba presta para hacerse la gran pregunta. Ciertamente, ERC aún no sabe qué está pasando, tan preocupada por arrastrarse por las tres almas de su alma tripartita, que ni se entera de lo que ocurre en Catalunya. Y en el vacío de su desconcierto, Joan Laporta va creando su casita política.

Este fin de semana, pues, empieza a caminar un proceso cuyo final no conocemos, pero cuyo principio habita en dos derechos fundamentales: el derecho de los individuos a preguntarse qué quieren para sus pueblos; y el derecho de los pueblos a su soberanía. Es decir, primero la pregunta, y después el derecho a ejercer la respuesta. Que la Constitución no permita ni tan sólo la pregunta no implica que pueda evitarla, porque más allá de las esclavitudes de las leyes está la fuerza de los sentimientos colectivos. Y si una Constitución niega esos sentimientos, la equivocada es la Constitución. Así pues, este fin de semana miles de catalanes se preguntarán por su futuro. Lo harán sin marco legal, sin ayuda institucional, prácticamente como si fueran parias en su propia tierra. Pero lo harán, y la fuerza simbólica de esa pregunta prohibida va más allá de toda prohibición. El carácter pacífico de la consulta le otorga, además, una fuerza ética que no ensuciarán los agoreros del miedo. Sólo cabe felicitarse por la sensatez ciudadana, cuya valentía en preguntarse por el futuro de su país choca con la cobardía de los partidos, todos tan asustados que aún no saben dónde esconder la cabeza. ¡Pobres! Creían dirigir el país, y el país los dirige a ellos.

Pilar Rahola.

diciembre 12, 2009 - Posted by | Pilar Rahola | , ,

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