Nabaizaleok / Iritzia

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Conde de Rodezno

Si me llamaran cristiano no me perturbaría, pues, al fin y al cabo, es ésa la tradición cultural y filosófica de la que procedo. Eso sí, y siguiendo esta digresión, en todo caso no sería papista, pues creo que, para un verdadero cristiano, el Papa actual es una especie de apóstata o algo así. Cristo vino al mundo para desmentir la idea del Dios cruel, punitivo, bárbaro y vengativo descrito en la Biblia. La encarnación de Cristo es, pues, un acto tolerante, caritativo y benevolente que contradice la complicidad eclesiástica que mantiene el Papa con el conservadurismo social y político. Lo que sí me importuna, en cambio, es leer listados de concejales que reclaman la retirada de la denominación de Conde Rodezno de la plaza que lleva actualmente su nombre, y el riesgo que supone que uno -que también ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona-, al no aparecer en esa lista pueda ser considerado tibio o algo aún peor. Obviamente, ya es hora de que la alcaldesa de Pamplona se desmarque definitivamente del franquismo y abrace la democracia sin ambages y sin más dilación, pues no debe quedar ni el más mínimo vestigio de aquel tirano destemplado y bajito que engrasó el garrote vil con la sangre de cientos de miles de españoles. Pero esta aspiración, sin la más mínima vacilación, la compartimos todos los que otrora fuimos ediles socialistas y todos los que ahora mismo lo son.

Infaustamente aún quedan reliquias franquistas y políticos nostálgicos que obstinadamente se empeñan en recordarnos aquella España de españoles sojuzgados y de estribillos fascistas repetidos -agrios y recalentados- a lo largo de casi cuarenta años. No es de extrañar, pues, que escriba estas líneas con una caligrafía y una sintaxis inquieta y convulsa, pero vivísima. No es para menos. Vamos, que estoy que ardo.

La exaltación pública de símbolos representativos de una época, la dictadura franquista -que impulsó el exterminio físico del adversario político, el exilio de todos aquellos que pensaban diferente, y suprimió todo tipo de libertades mediante una dura represión- atenta contra los valores de una sociedad democrática y es contraria al espíritu y a la letra de la Ley de Memoria Histórica. Y quien vulnera consciente e intencionadamente la legislación vigente no se le puede considerar demócrata. Es cierto que la retirada de los símbolos franquistas no va a hacer desaparecer cuarenta años de nuestra historia reciente ni va a devolver la vida a sus numerosas víctimas, pero servirá, al menos, como sanción histórica a los golpistas, y para sonrojar de vergüenza a esa minoría de retardatarios que todavía caminan firme el ademán.

Y es que, hagamos memoria, corrían los agitados años setenta, y mientras en cada esquina de Europa ardía una revolución imaginaria, en nuestro país Suárez -un dandi que estorbaba a la derecha-, Carrillo -un comunista escapado de todas las cacerías de comunistas-, González -un socialista que vistió al país de paisano- y Fraga -un voluminoso tardofranquista hinchado de despotismo premeditado- llegaron a un histórico acuerdo e hicieron posible una transición política aquietada y bien arregladita. Vamos, que a Franco, finalmente, le matamos de muerte natural, en su cama y bien atendido por el equipo médico habitual. Lo que no pueden pedir los afligidos preconstitucionalistas -con un discurso de rastrillo de reliquias caudillistas y añoranzas totalitarias de otrora- es que además mantengamos viva la memoria del dictador, alegando que forma inevitablemente parte de nuestro pasado. Ni en Alemania ni en Italia han mantenido viva la más mínima alegoría hitleriana o mussoliniana, pues les repugna, tanto a la derecha como a la izquierda, su pasado nazi o fascista.

Franco principió un régimen siniestro y acabó cronificando la pudrición de ese régimen, no por involución moral sino porque su malignidad estaba ya en su matinal origen. Los protervos de toda la laya fascista, haciendo mucho gasto de violencia y represión, se ofuscaron en una patética persecución contra la intelectualidad española. Y así, la sabiduría minuciosa y certera de Severo Ochoa, la musicalidad armoniosa y social de Miguel Hernández, el preciosismo lírico y reivindicativo de García Lorca y la paradoja agónica y dubitativa de Unamuno, toda aquella aristocracia del alma que redimió a España de zarzuelas, géneros chicos y sainetes, fue desterrada allende de los mares, recluida en ergástulas, fusilada al alba o confinada en su propio domicilio hasta que se le infartó el corazón. Y como así fueron las cosas, no albergo la más mínima duda de que hay que suprimir cuantos símbolos pertenecientes a tan trágico periodo histórico pervivan.

Es posible que nuestra alma sea rehén de muchas cosas: de los sumos sacerdotes de todas las religiones, creencias y culturas, de los politeísmos disimulados, de los patronos codiciosos, del sexo encendido, del buen vino y de la dulce holgazanería, pero en ningún caso de un pasado ominoso que nos retrotrae a un fanatismo integrista y cruel. Hay que poner cuerpo y alma contra eso.

Fabricio De Potestad

noviembre 13, 2009 - Posted by | Fabricio De Potestad | , , ,

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