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¿Hasta cuándo gobernará la derecha en Navarra?

PARECIERA que esta tierra estuviese definitivamente asentada en la estabilidad confortante propia de los regímenes que se perpetúan echando mano del darwinismo más exigente. Pareciera que el futuro aquí estuviese escrito de antemano. O sellado a cal y canto. Pareciera que aquí, en la tierra autodenominada de la diversidad, la originalidad estuviese castigada al anonimato y que el rumbo de las cosas o el vaivén de la propia existencia estuviese condenado al más puro inmovilismo. En fin, pareciera que aquí la alternancia fuera una palabra maldita. Porque nada existe en el horizonte que permita vislumbrar un cambio. Ni a corto ni a largo plazo. Porque aquí las cosas de la política están atadas y bien atadas.

Así que uno se pregunta, una y otra vez, ¿hasta cuándo gobernará la derecha en Navarra? Técnicamente y con el manual político en la mano hay tres posibles respuestas. Una, cuando el socialismo navarro decida que así sea, es decir, cuando asuma la responsabilidad de cambiar el rumbo político de esta comunidad. Pero para ello tendrá que negociar con las fuerzas a su izquierda (NaBai y otras posibles) un futuro gobierno de cambio, porque ellos solos no tienen ni tendrán votos para hacerlo en solitario. Dos, cuando la derecha navarra pierda la hegemonía política real, no la aritmética, y transfiera la confianza a los socialistas, en cuyo caso no podríamos hablar de un cambio, sino de un recambio dado el talante del actual socialismo navarro. Y una tercera posibilidad, que NaBai relance y dinamice su proyecto hasta cotas de alta confianza. Ello se podría conseguir con la ayuda encubierta de votos cautivos de la autodenominada izquierda abertzale y el apoyo improbable de la desgastada IU. Esto posibilitaría un amplio reconocimiento, un nuevo espacio social y político que forzaría un presumible respeto hacia esta coalición, tanto por la derecha como por la izquierda claudicante socialista. Y ello obligaría a buscar un acuerdo de cambio. Pero esta posibilidad, aunque viable, es altamente improbable dadas las resistencias en ambos partidos a toda alteración del estatus político de Navarra.

Al margen de estas especulaciones, sinceramente, no creo que, de producirse un cambio, éste sea fruto de esas combinaciones u otras posibles. No creo que el cambio venga dado por las estrategias que ofrece el juego de la democracia representativa. Vamos, que no será la voluntad de los navarros y navarras la que decida el posible cambio. En las pasadas elecciones forales de 2007, ese deseo se evidenció en las urnas, en la calle y en lo más profundo del inconsciente colectivo de nuestra ciudadanía. Y sin embargo, esa esperanza fue traicionada en nombre de la sacrosanta gobernabilidad de Navarra, esa gobernabilidad inmanente, santificada cual proyecto antológico foral que, al parecer, sólo los socialistas y los sanzistas tienen patente de corso para ejercerla con garantías. Porque en esas elecciones la gente votó, no por unos o por otros, la gente votó por el cambio. Y a los partidos que se dicen progresistas les tocaba gestionar ese cambio. Otra cosa es que los socialistas se llamaran andana y volvieran a mirar para otro lado de la realidad. Y le hicieran un corte de mangas al presente, y con ello se pasaran la voluntad de los navarros por el puente de Castejón. ¿Qué quiero decir con esto? Que aunque los navarros volvamos a votar por el cambio, por la expulsión política de los sanzistas del poder con la ayuda de la aritmética que ofrecen los votos, ese cambio está hipotecado en Madrid. Porque Ferraz y el Gobierno de Zapatero ya han dejado claro su proyecto estratégico en Navarra y en Vascongadas. Ese proyecto, incomprensible en el resto del reino de España, se experimentará aquí como antesala de un futuro bipartidismo complaciente y claudicante que evite todo intento secesionista, que expulse toda pretensión nacionalista y, de paso, arrincone todo planteamiento de izquierda social alternativa a los modelos económicos, sociales o políticos que en la actualidad desarrolla el socialismo centrista de Zapatero.

En este sentido, el socialismo navarro se lo va a poner fácil a Zapatero. Será su fiel aliado. Porque el socialismo navarro es rehén no sólo de la derecha sanzista, sino de las decisiones de Ferraz. Y éstas pasan por la experimentación de un modelo bipartidista de largo alcance que ponga freno a las convulsiones de estos últimos 20 años. Zapatero quiere una España tranquila y sosegada al precio que ponga Rajoy. Y viceversa. Aunque se escenifique lo contrario. Porque en esta España, España y más España, sólo caben dos opciones, la España centrada y la España recentralizada. Ése es el futuro. Un futuro que aboga por la aniquilación de todo intento subversivo del tiempo histórico, de los procesos sociales movilizadores y de los acontecimientos periféricos de difícil control por el centro del poder político o económico. Porque, pese a su invisibilización, el poder todavía existe y le pone precio a las ideas.

En este proceso, absolutamente determinante para el desarrollo político de la Navarra de los próximos años, los socialistas están comprometidos. Zapatero los necesita como contrapoder local a la derecha sanzista -o la que venga- para posibilitar un marco político inalterable, un marco socioeconómico sin sobresaltos y un espacio cultural y étnico de baja definición, sin estridencias. En definitiva, se trata de escenificar una oposición virtual sin sobresaltos que acompañe y sancione un tiempo inalterable, una oposición que invente un tiempo sin futuro. Algo que ya se está ensayando. Los socialistas navarros no son ni serán entonces opción de cambio. Pero tampoco de recambio. Ése ya no es su papel. El suyo es el de soporte político de una gran empresa que se está fraguando ajena a ellos: la reedición del panespañolismo imperial, el constitucionalismo casposo e intransigente, y el frentismo unionista maquillado de buenas prácticas democráticas.

Así que uno se pregunta de nuevo ¿qué posibilidades hay de que el futuro político cambie en Navarra? Y no es fácil la respuesta al margen de las posibilidades de manual. Por lógica le corresponde a NaBai gestionar ese cambio de rumbo. De hecho, un sector muy importante de la ciudadanía navarra así se lo hizo saber cuando confió en sus propuestas de cambio en 2007. Y digo por lógica porque es claro que tanto los sanzistas como los socialistas no tienen sobre la mesa de operaciones ninguna estrategia de cambio. Por tanto le corresponde a NaBai, si mantiene su nivel de aceptación política, algo en la actualidad en entredicho, liderar ese cambio. Para ello debe empoderarse. Que no es lo mismo que tener el poder, aunque éste sea imprescindible en política. Empoderarse significa que el resto te observe y te respete porque tú marcas el ritmo. Porque tus decisiones imponen respeto y son aceptadas. Porque suman y no restan. Y eso se hace con propuestas, estrategias, dinámicas y maneras creíbles, razonadas y, sobre todo, posibles. Con propuestas anexadas a las profundas necesidades de la gente. No a las impuestas por decreto ideológico. La gente es consciente de su impotencia desde hace años y está esperando una fórmula para hacer de ella un arma de combate, para radicalizarla, convertirla en banderín de enganche libertador. Ese combate, esa idea fuerza, esa explosión de energía movilizadora no está en la oferta de una vida mejor, ni en nuevos marcos políticos, ni causas ajenas a las existencias a ras de tierra, sino en la oferta de una vida más lógica, sostenible, creíble y racional. La gente no espera el mejor análisis, ni la palabra más adecuada, ni la propuesta más revolucionaria. Espera una fórmula radical para subvertir su propia vida. Y esa tarea es un reto para las nuevas formas de encarar la práctica política. Y en Navarra, más que nunca, imprescindibles.

Paco Roda

noviembre 13, 2009 - Posted by | Paco Roda | , , , ,

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