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Un sueldo para ser más libre: renta básica en tiempos de crisis

No es una broma. Ni un postulado demagógico. Tampoco es una utopía irrealizable. No es una propuesta inviable, ni una locura diabólica como se llegó a calificar. No es, como alguna vez se ha dicho, un sueldo para desactivar las ganas de trabajar o para vivir del cuento . Nada más lejos. Es una proposición económica y política de altura, absolutamente revolucionaria por su largo alcance, por su alto calibre social y por las consecuencias relacionales de su posible aplicación. No es fácil de digerir. Cierto. Como muchas ideas, proyectos y leyes hoy aceptadas comúnmente, pero que hace 200 años eran consideradas locuras o quimeras absurdas. Como que se aboliera la esclavitud, que el sufragio universal fuera un derecho político o que las mujeres pudieran votar.

La Renta Básica de Ciudadanía (RBC) es una propuesta correctora del actual, o quizá permanente, desajuste socioeconómico de nuestras sociedades poscapitalistas. Básicamente pretende desmercantilizar a las personas a través de una renta económica incondicional y universal establecida como derecho de ciudadanía. Pero esta propuesta, como cualquier iniciativa de alto voltaje social, debe superar un buen número de resistencias intelectuales y, por qué no decirlo, también éticas, incluso entre la izquierda económica, política y militante más progresista. Básicamente la RBC pretende ser un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad o residente, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva. Un reto para las conciencias, pero también para los responsables políticos y económicos de nuestras sociedades fragmentadas.

Esta idea, que tiene su origen en una concepción republicana de la existencia, la cual un servidor la resumiría como la posibilidad ciudadana de vivir libre y dignamente sin pedir permiso a nadie. O lo que es lo mismo, sin que nadie viva a merced de otros. Porque quien depende de otro para vivir, no es libre. Por eso, ésta es una idea para ganar libertad, para reducir la desigualdad y la pobreza más extrema, la de aquéllos que no sólo piden permiso para vivir, sino que son esclavos de un modelo de mercado enloquecido. Y hoy el 20% de la población del reino de España no es, aunque suene mal, raro o a despropósito, ni libre para vivir, ni tampoco para decidir con libertad qué hacer con su vida. Porque aunque tenga derechos políticos, le falta la libertad real que proporciona la seguridad económica. Porque 4,5 millones de parados y 8 millones de pobres, precarizados, subsidiados con pagas sociales o con pensiones sonrojantes (336 euros al mes), no están siendo adecuadamente protegidos por un sistema de protección social que tiene una de las peores tasas de protección. Porque ese conjunto de sistemas de protección, incluida la tan jaleada Seguridad Social, demuestran una muy baja efectividad para combatir la pobreza y la exclusión social. Y evidencian las graves debilidades de una red de protección social deficiente, fragmentada y contradictoria. Porque España es uno de los países de la Unión Europea con menores ayudas públicas, de hecho éstas sólo reducen la pobreza en un 14%. En otros países de la Unión Europea las ayudas reducen la pobreza en un 42%. Una diferencia más que notable, escandalosa.

Por otro lado, quien diga que esto es inviable, tiene su respuesta. Empírica y científica. Hay un estudio realizado por la Fundación Jaume Bofill que señala que mediante una reforma del IRPF y una reasignación de las prestaciones públicas se podría financiar una renta básica equivalente a 5.500 euros anuales para adultos y la mitad para menores. Existen otros estudios que acreditan que a quien favorecería precisamente sería al conjunto de la población, y a quien perjudicaría sería a los estratos de población más rica.

Esta propuesta no es ni quiere ser oportunista. No hacía falta esta crisis para reivindicarla. De hecho, lleva discutiéndose varios años. Pero, ¿por qué insistir ahora precisamente en ella? Nadie, salvo los más críticos y malpensantes economistas, sospecharon que esta polarización y agitación del sistema financiero y económico mundializado y globalizado podría terminar con un saldo de desempleo, que algunos investigadores llegan a estimar hasta el 30% (en el reino de España) para finales de 2010. Dicen asimismo que se necesitarían muchos años de crecimiento sostenido para absorber los 5 millones de parados previsibles o incluso sobrepasados en el momento culminante de la destrucción de empleo.

En estos momentos la propuesta de una asignación monetaria incondicional para toda la ciudadanía (RBC) puede aportar un enorme plus de seguridad para los sectores de población más inhabilitados por la crisis. Pero también es cierto que la Renta Básica, por muchos e importantes efectos que pueda generar, no es una medida que por sí sola pueda terminar con la crisis. Porque no es un antídoto ni pretende serlo. Pero en estos momentos acceder a una Renta Básica indefinida supondría afrontar el futuro de forma menos preocupante. Porque disponer de esa aportación, sobre todo para aquellos sectores de más preocupante inserción laboral, permitiría asegurar el porvenir más inmediato. Y es que la pobreza no es solamente la privación de los medios materiales de existencia. La pobreza es también, y fundamentalmente, estar a merced de otros. Depender de su codicia o su juicio. La pobreza es la ruptura de la autoestima, el aislamiento y compartimentación social de quien la padece. Algo ajeno para muchos de nosotros, pero muy instalado en las vidas de millones de personas. Por eso una Renta Básica equivalente al umbral de la pobreza acabaría con ésta. O al menos se configuraría como un enorme dique de contención de la misma. Por otro lado, frente a la mala prensa inducida de esta medida, la Renta Básica eliminaría la llamada trampa del desempleo , porque permitiría afrontar la búsqueda de empleo con mayor eficacia y con menos presiones coercitivas para los trabajadores y otros grupos subsidiados. Y es que esta propuesta podría ser un eficacísimo instrumento en manos de los trabajadores para resistir ante este proceso de absoluta precarización económica y laboral. Ante este previsible, ya real, retroceso de las conquistas sociales conseguidas a sangre y fuego a lo largo de estos últimos 200 años de revoluciones. En definitiva, esta medida incorporaría nuevos principios de relación social e individual. Porque evitaría la estigmatización social a través de la universalidad de la protección.

Recientemente, en abril de 2009, el Parlamento español ha aprobado la creación de una subcomisión para el análisis y estudio de una Renta Básica de Ciudadanía. Quizá su puesta en marcha sea el inicio de un nuevo tiempo, el tiempo de las utopías realizables.

 

PACO RODA

noviembre 12, 2009 - Posted by | Paco Roda | ,

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