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Sostiene Pujol

Si yo fuera corresponsal inglés, alemán o francés en España, entrevistaría a Pujol hoy mismo.

Argumentos veraces para explicar que los poderes españoles han decidido acelerar la tarea de poner fin a lo que consideran anomalía histórica catalana hay bastantes. Son de orden económico, cultural, jurídico, político, incluso deportivo y religioso. Dentro de Catalunya, una parte importante de la población (entre la que hay muchos lectores de ‘La Vanguardia’) conoce y sufre directamente los fenómenos que expresan cada día el objetivo que se pretende: transformar la nación catalana en una provincia más de España, ometida a un trato institucional y fiscal estructuralmente injusto y lesivo. Pero el peso de los argumentos también se relaciona con la autoridad de quien los emite. Las verdades lo son mucho más si salen de la boca de figuras cuyo conocimiento y experiencia son incuestionables. Lo digo porque, recientemente, Jordi Pujol ha expresado algo cuyo calado debería haber merecido grandes titulares, sobre todo en la prensa de Madrid: “El proyect o no sólo político o económico sino de dimensión histórica (…) que ha habido en la relación entre Catalunya y el resto de España durante los últimos cuarenta años ha entrado en crisis”.

 

Antes que Pujol – se me dirá – muchos otros han llegado a lamisma y descarnada conclusión. Así es. Pero Pujol sólo hay uno y sus mensajes vienen siempre acompañados del prestigio de una trayectoria. Cuando Pujol sostiene que el proyecto que nace con la España de 1978 se ha malogrado lo hace uno de los grandes artífices de la transición democrática que, además, presidió la Generalitat durante 23 años y que apoyó, desde 1977, a gobiernos de UCD, PSOE y PP con un sentido de la responsabilidad nunca correspondido. Baste recordar que, tras la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, ni Pujol ni Miquel Roca (ni tampoco nadie del PNV) fueron llamados a la reunión de partidos con el Rey, un menosprecio que cualquier demócrata debería haber denunciado. En esa foto de ausencias infamantes está el embrión del libro que alguien deberá escribir un día, si nos atrevemos a ir mucho más allá de lo que nos propone Javier Cercas en su atractiva última obra.

No faltarán quienes critiquen a Pujol por haber llegado ahora a esta conclusión y no haberlo hecho, en cambio, cuando ejercía la presidencia. Amantes de las ucronías siempre los hay, como cierto político de ERC que mantiene que su partido ya era independentista en los años setenta. Lo mínimo que se puede pedir es rigor y no desfigurar los hechos, para no hacer el ridículo. Apesar de los intentos armonizadores de centristas y socialistas (a rebufo, sobre todo, del golpismo), nunca se llegó al extremo actual, con un PP y un PSOE compitiendo sin escrúpulos para ganar el campeonato del nacionalismo español, siguiendo la liebre del populismo que cabalga Rosa Díez. Lo que ocurre hoy en Euskadi elimina dudas al respecto. Así como los acuerdos que PSC y PP están tejiendo también en Catalunya (estemos atentos al Consell de Garanties Estatutàries y a la Oficina Antifrau) mientras Montilla nos distrae criticando de oficio a los populares.

Durante años, Pujol trabajó lealmente para que eso que él llama el proyecto de 1978 diera una respuesta justa al encaje de la nación catalana en la España posfranquista. Eso justificó su paciencia y su apuesta por el peix al cove, el método de ir pescando competencias y recursos en función del juego de mayorías en las Cortes. Pujol, que no era ni es independentista, tenía en el retrovisor los errores y la visceralidad de los políticos republicanos. El tira y afloja civilizado debía alumbrar un nuevo equilibrio. No ha salido bien. El reparto de poder de la España autonómica condena la sociedad catalana a malvivir en la asfixia perpetua. Además, la cultura política española sigue explotando un primario sentimiento anticatalán que sirve para justificar el centralismo con nuevas palabras, como solidaridad ociudadanía. “Nos debemos preparar para una etapa de trabajo interno”, sugiere Pujol. Y remata: “No podemos esperar mucho del resto de España”.

Este diagnóstico es muy duro, pero difícil de desmentir. Si yo fuera corresponsal inglés, alemán o francés en España, entrevistaría a Pujol hoy mismo. No se trata ya de “desafecció”. Pujol no lo formularía si fuera una mera impresión subjetiva. En Madrid, deben saber que este diagnóstico es ampliamente compartido en el mundo nacionalista catalán, lo cual incluye a mucha más gente que los votantes de CiU y ERC. Donde no hay unanimidad – es evidente – es en la respuesta para salir del atolladero. Al contrario, cada día aparecen profetas con su varita mágica. Pero tiempo al tiempo. El fallo del Constitucional sobre el Estatut y el desenlace de la financiación autonómica tal vez nos aporten el clic estratégico y el sentido de responsabilidad que hoy falta en Catalunya.

Francesc Marc-Álvaro

noviembre 12, 2009 - Posted by | Francesc-Marc Álvaro | , , , , ,

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