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¿Por qué la clase obrera no asalta La Moncloa?

¿Cómo se explica esta indolente aceptación de la analgésica realidad española? ¿Es que acaso casi 4,5 millones de parados, 8 insultantes millones de pobres y precarizados, medio millón de mayores de 65 años que malviven con 336,33 euros de pensión de por vida, o ese 63,8% de jóvenes menores de 35 años absolutamente precarizados, no es suficiente motivo para plantarse de verdad y volver a la calle que ya es hora? ¿Qué estrategias o contrapoderes están funcionando para que la clase obrera, las clases precarizadas, las clases medias pauperizadas, los colectivos periféricos, la gente alternativa por obligación que no por devoción y, en general las gentes que viven sin nómina, o con ella secuestrada, con una prestación social o un subsidio de desempleo; no sólo no se movilicen, sino que callen, que silencien su misión y sumisión, y que acepten beneplácitamente este estado de cosas cual servidumbre voluntaria? ¿Por qué todos estos colectivos y la clase obrera no asaltan La Moncloa?

La crisis se nota. Pero ante todo se vive. En las fábricas, en los talleres y comercios, en los mercados y en las tertulias diarias. En la vida de cada día. Pero, sobre todo, en las biografías sangrantes de las gentes a las cuales se les reclama para que escenifiquen su pasión diaria. Pero, más allá de su padecimiento, en nuestro yo apenas pasa nada. Como si esto no tuviera nada que ver con el nosotros revolucionario.

Creo que hay tres dinámicas que favorecen este estado de inhabilitación política: los grandes sindicatos, el sistema de protección social y el sistema de salud. Cada uno de ellos expande sobre las vidas individualizadas una narcotizada esencia -los productos que venden- de alta densidad que incapacita para la resistencia, que justifica la impotencia social y política y bloquea la rebeldía y crítica radical. Los tres frentes narcotizantes del malestar social actúan como centro difusor de dinámicas absolutamente individualizantes. Y esto ha blindado toda pretensión de enfrentamiento comunitario y social ante la adversidad. Porque ésta pasa a ser una cuestión personal, desconectada de los modos de exclusión clásica que configuraron las dinámicas de la lucha de clases de los siglos XIX y XX.

Los grandes sindicatos, UGT y CCOO, pueden presentarse en sociedad como sindicatos de clase. Lo fueron en su día. Pero hoy no lo son. Aunque así lo certifiquen o escenifiquen. Hoy sólo defienden a individualidades sindicadas. Quince millones de euros de subvención pública pueden servir para mucho. Gran parte de esa financiación se destina a políticas formativas, gestión interna y dinamización de la negociación colectiva. Todo ello puede generar miles de puestos de trabajo agradecidos, despachos, agencias y dinámicas económicas favorecedoras de empleo. Cierto. Pero esta economía, blanda y subsidiaria, engendra un auténtico sistema de relaciones clientelares y de dependencias invisibles. Porque es privado, y como tal bloquea toda resistencia personal y colectiva. Estos sindicatos están bloqueados frente al auténtico poder económico y laboral porque sus estrategias de lucha, en el fondo absolutamente individualizadas, no caben, no pueden tener consecuencias mientras estén recibiendo un pago por su compromiso y responsabilidad social, que no es otra, en este momento, que la pacificación social a través del bloqueo de todas las iniciativas que cuestionen el orden laboral, social y económico establecido. Porque no hay explicación política, desde una lógica de la confrontación de clases, que permita interpretar la inexistente respuesta sindical global ante esta sangría laboral.

El sistema de protección social, con los servicios sociales como soporte singular, sintetiza otra estrategia de sujeción y ocultación del conflicto social. Los servicios sociales, pese a su razonada reconversión posmoderna, ofrecen una respuesta apolítica en un contexto de inflexión en las formas y contenidos del proceso de neohigienización y medicalización de la vida social. Actúan como sistema de contención de las adversidades estructurales del sistema económico y social en el que vivimos, y operan como catalizador psicologizante, es decir, psicologizan actitudes, estrategias personales y modos de enfrentar la vida, culpabilizando a los sujetos de su propio presente y destino. Y lejos de favorecer la autonomía liberadora de las personas, el sistema de los servicios sociales hoy es una poderosa herramienta de control individual que ha sucumbido ante las prácticas analgésicas de la posmodernidad más nihilista.

No obstante, la deficiente red de protección social, una de las peor dotadas de Europa (15), fragmentada y contradictoria, genera una potentísima red clientelar de gravísimas lealtades. Precisamente por su arbitrariedad y su discrecionalidad. Esta descomunal red (se invierten 300.000 millones de euros) de contención del descontento social y económico funciona como un operativo social travestido, es decir, si bien los dispositivos de esa red funcionan en muchos casos como correctores de la pobreza y la exclusión social, no es menos cierto que generan dependencias perversas del sistema. Hay millones de precarizados agradecidos, pero absolutamente inhabilitados como ciudadanos libres.

Al binomio sindicatos-servicios sociales se une el sistema de salud pública que viene a confirmar los procesos de medicalización de la vida social, los cuales constituyen un aspecto central de la posmodernidad. Una expresión de esa medicalización de la vida se confirma en el uso y abuso de los fármacos y la automedicación. En la actualidad, ese uso desmesurado de fármacos de consumo rápido no tiene otra finalidad que tapar el vacío y la soledad existencial tan extendida en nuestras sociedades. Y es que, en opinión del reconocido psiquiatra Guillermo Rendueles, esto sólo se podrá superar “con un proyecto subjetivo que incluya la superación del dolor, la angustia y la impotencia que provoca la enfermedad”. Insiste el autor en que “los procesos de psiquiatrización masiva, es decir, la insistente necesidad de recurrir a la ayuda profesional de los centros de salud mental, viene a confirmar los caminos de la servidumbre, la debilidad y la vulnerabilidad de la población con resultados catastróficos”. La vida se ha psiquiatrizado, se ha individualizado, y el conflicto ya no está en la calle. Está en cada uno de nosotros. Ésa es la gran victoria del capitalismo privatizador de cuerpos y almas. Porque ese malestar y padecimiento contenidos están bloqueados en una esfera desconocida, porque la impotencia social está sometida a un férreo control, el de los cuerpos y las almas privatizados, aislados del resto de seres sufrientes. Del resto de los yoes precarizados. Y eso nos bloquea. Pero hay más. El sistema se ha blindado contra todo tipo de resistencia. Y es que el tardocapitalismo, ayudado por sistemas de contención, control y privatización antes mencionados, ha individualizado toda estrategia de combate, eliminando toda disposición colectiva, toda dinámica social de combate, ésa que un día derribó los muros de contención de un mundo radicalmente injusto.

Paco Roda

noviembre 11, 2009 - Posted by | Paco Roda | , ,

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